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Sacerdocio, llamado sorprendente

Pbro. Felipe Lao Solano

Algunos dicen que el asombro es la cualidad más admirable del ser humano. Estoy de acuerdo, porque ésa es la palabra que describiría perfectamente mis 42 años de vida sacerdotal.

 

El asombro ante el llamado

¿Cómo?, le dije al Señor, ¿estás seguro de que quieres a este muchacho desharrapado, de padre chino y madre mexicana?

El asombro del momento de la ordenación

El coro cantaba: «Tu eres sacerdote para siempre». Así es que la fidelidad eterna del señor había llegado a mi persona y la habitaba. Pasara lo que pasara, yo sería sacerdote ¡para siempre!

En mi primer día de sacerdote, el asombro se convirtió en ternura. Quise postrarme a las plantas de nuestra Madre del Tepeyac y ofrecerle mi primera misa, pidiéndole que me acompañara en mi camino sacerdotal.

Ahí, con la compañía espiritual de Juan Dieguito, pude sentir la dulzura de sus palabras: «Hijito, el más pequeño, no tengas miedo. ¿Qué no estoy yo aquí, que soy tu madre? ¿Qué no estás en mi regazo y corres por mi cuenta?». Y así comencé mi peregrinación sacerdotal.

Ella es la maestra del asombro amoroso. Por eso, de su mano aprendí que hay que llenarse de gozo en el Señor porque Él sabe hacer cosas grandes y maravillosas.

Con cuánta verdad Tagore, el gran poeta hindú, decía que «Dios es el artista divino que sabe producir hermosísimas melodías celestiales utilizando una flauta que no es sino un pedazo de caña hueco y lleno de agujeros».

¿Cuántos son agujeros de mi vida? No los podría contar, pero sé que el Señor se ha servido de ellos con infinito amor y misericordia.

Y ahora, ¿en la tercera edad?

Qué bueno que María me sigue acompañando. Ella está logrando que en esta etapa final se sirva el vino mejor y más exquisito. Lo cual no tiene nada de extraño: ¡Así lo hizo en Caná! ¡Asombroso! ¿No lo creen?

 


 

 

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