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Inicio Año Sacerdotal ¡Atrévete a ser misionero!
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¡Atrévete a ser misionero!

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

El mes de octubre se dedica, en la Iglesia católica, a la oración y concienciación en torno a la dimensión misionera que le da identidad a nuestra Iglesia.

 Se resalta la esencia misionera de la Iglesia en este mes porque en octubre se descubrió América y se abrió una nueva página a la historia de la evangelización.

La Iglesia responde al mandato de Jesucristo de llevar la Buena Nueva a todos los hombres en la medida que hace presente este mensaje en todos los pueblos de la tierra. Pero también la Iglesia debe vivir esta dimensión misionera pensando no sólo en los países lejanos, sino también en los que están muy cerca de nosotros y que necesitan este mensaje.

Garantizar la dimensión misionera no quiere decir solamente que tengamos que preocuparnos porque haya sacerdotes, religiosos, religiosas y misioneros que se dediquen exclusivamente a este servicio de evangelización.

Se garantiza la dimensión misionera en la medida en que cada uno de nosotros toma consciencia de que también es misionero. Ser misionero no es una vocación de pocos o de unos cuantos. Ser misionero es una vocación de todos los bautizados en la Iglesia, porque todos recibimos un don, recibimos un anuncio, recibimos bendiciones de Dios que hace falta compartir a todos los hombres, a todas las personas que todavía no han descubierto o sentido el inmenso amor de Dios.

¡Todos somos misioneros! Ciertamente hace falta muchos conocimientos de nuestra religión y de la Biblia para poder hablar de Dios de una manera fundamentada. Pero también podemos hablar de Dios cuando compartimos que Él es el secreto de nuestra vida, que Dios le ha podido dar un sentido a nuestra vida que ni el dinero, ni las cosas materiales ni los satisfactores de este mundo lo han podido hacer.

Tú eres un misionero cuando predicas con el ejemplo, cuando vives de manera distinta de los demás, cuando tu conducta cuestiona a los otros, cuando no te dejas llevar por la corriente, cuando no caes en los vicios, en las modas y en las tendencias de este mundo. Cuando vives de manera original, cuando vives tu fe, cuando te mantienes en el proyecto de Dios, entonces eres misionero porque esa manera original, distinta y radical de vivir cuestiona a los demás, puede provocar la curiosidad en otras personas al grado de decir: «Yo quiero vivir como ese católico, yo quiero vivir como esa persona que, a pesar de sus problemas, de su enfermedad, de su situación económica, nunca reniega de Dios, nunca pierde una sonrisa, nunca traiciona a Dios acudiendo a los ídolos de los curanderos y pseudoreligiones, nunca se desespera porque confía plenamente en el Señor y porque en Dios ha encontrado el verdadero tesoro de su vida.

Eso significa ser misionero, eso significa evangelizar. Por eso, que no nos dé miedo decir que amamos a Jesús, que confiamos en Él y que Él es el secreto de nuestra vida, de nuestra alegría, de nuestra unidad y de nuestra esperanza. Que no nos dé miedo vivir de manera diferente, apegados no a los bienes de este mundo, sino al proyecto de Dios.

Este día, conocido como el Domingo Mundial de las Misiones (Domund), damos gracias a Dios por tantos misioneros y misioneras mexicanos que andan por todos los pueblos de la tierra anunciando este mensaje de salvación. Pero también pedimos por nosotros, por los misioneros que nos quedamos aquí en nuestro país, para que no seamos indiferentes ni egoístas, para que no guardemos sólo para nosotros este extraordinario tesoro, sino para que lo compartamos a nuestros hermanos del bario, de la colonia, del rancho, de la congregación, del pueblo y de la ciudad a fin de que llegue la luz donde hay obscuridad, llegue el amor donde hay guerra y odio, llegue la justicia donde hay injusticia y llegue la esperanza donde hay desesperación.

Si cada uno de nosotros se atreve a vivir su fe, se atreve romper con este ambiente materialista, de injusticias y de corrupción, entonces comenzaremos a cambiar nuestras familias, nuestros pueblos y ciudades, nuestro país. No hay que esperar a que el cambio venga de los gobernantes hacia abajo, porque eso nos puede desgastar mucho y llevarnos a perder la esperanza. Comencemos cambiando nosotros para que cambie el entorno más inmediato donde vivimos y trabajamos. Comencemos cambiando nosotros, que nos asumimos como cristianos y que de esta forma queremos anunciar al mundo que Jesucristo vale la pena y es el secreto para remediar todos nuestros males.

 

 

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