Por Pbro. José Juan Sánchez Jácome
El Año Sacerdotal sigue generando una serie de actividades y proyectos para dedicar este tiempo a la reflexión y valoración del don del sacerdocio ministerial en la Iglesia.
La iniciativa va encontrando una gran acogida entre los laicos, religiosas, sacerdotes y Obispos de esta bendita Iglesia de México que se ha distinguido, a lo largo del tiempo, por el cariño y el reconocimiento que se le expresan a la persona del sacerdote.
Esta actitud afectuosa hacia los sacerdotes es una manera de expresar la gratitud que siente nuestro pueblo por las importantes contribuciones del sacerdote en la vida de las comunidades, de las familias, de los jóvenes, de los niños y de los enfermos. Por medio de la palabra y de la actuación del sacerdote muchas comunidades y personas se han encontrado con la persona de Jesús, lo cual ha representado el descubrimiento más importante de sus vidas.
Sin embargo, este cariño que se profesa a los sacerdotes también expresa el anhelo de nuestra gente porque los sacerdotes alcancemos la santidad de vida y podamos de verdad identificarnos con la persona de Cristo Jesús, para que de esta forma siempre en el trato y en el trabajo irradiemos la paz, el amor, la justicia y la solidaridad.
El pueblo de Dios y la sociedad en general esperan un mayor compromiso de parte de los sacerdotes que podemos hacer una contribución muy importante para los tiempos difÃciles y convulsionados que estamos viviendo. Por eso el cariño y la confianza que se dispensa a los sacerdotes se puede entender también como un grito desesperado de parte de nuestro pueblo ante las fallas y decepciones que también experimenta dentro de la Iglesia.
No se trata de vivir este proyecto, que nos ha propuesto el Papa Benedicto XVI poniendo como ejemplo a san Juan MarÃa Vianney, echándoles incienso a los sacerdotes o festejándolos constantemente. Más bien, se trata de ir poniendo las condiciones como Iglesia para que el sacerdocio pueda ser vivido con integridad y produzca los frutos que se espera de él.
El deseo de la Iglesia latinoamericana, que ha sido expresado en el Documento de Aparecida, es que los sacerdotes lleguemos a ser auténticos discÃpulos y misioneros de Jesucristo. DiscÃpulos en todo lo que implica seguir los pasos de Cristo, escuchar al Maestro, estar con él y formarse de acuerdo a sus criterios. Y misioneros, en cuanto a la manera de vincular la vida y la labor pastoral a la obra de Jesucristo, teniendo presente que sólo se comparte algo cuando a su vez se ha tenido la experiencia de recibirlo, que sólo se habla de Jesús cuando se le lleva en la mente y en el corazón, que llevar a Jesucristo a los demás implica, además del amor entrañable al Maestro, profesar un profundo cariño por el pueblo de Dios.
Esperamos, de esta forma, que el Año sacerdotal traiga muchas bendiciones para nuestras comunidades cristianas y que se convierta en un tiempo de gracia y de renovación para una mejor vivencia del don del sacerdocio y para la promoción de esta vocación especÃfica.
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