Arquidiócesis de Xalapa

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La unidad y la paz nacen de Cristo

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Cada día es una gran oportunidad para contribuir y generar las condiciones necesarias para hacer realidad el bien común y la paz social en nuestra familia y en nuestra sociedad. Ante esta inigualable oportunidad, también existe el acecho constante de la indiferencia, inercia y justificación que nos roban la energía y la esperanza para buscar todos juntos el desarrollo integral. La realidad que vivimos nos debe desafiar a todos para que seamos agentes de cambio y no meros espectadores de los destinos de nuestra patria mexicana y de la vida social de nuestro estado veracruzano.

Cristo murió en la cruz para derribar todo obstáculo que nos impida vernos como verdaderos hermanos y ciudadanos con un destino común. La muerte de Cristo no fue una anulación de su persona, tampoco una eliminación de su proyecto de vida; todo lo contrario: su entrega en la cruz, que él mismo aceptó libremente, es una disponibilidad permanente para hacer la voluntad de su Padre. Cristo obedeció al Padre y, de este modo, liberó los frutos de la unidad y la caridad con los que todos podemos buscar una vida digna, verdadera y solidaria para todos hasta alcanzar, en Cristo, la vida eterna. No hay excusa, ni pretexto, para quedarnos indiferentes y pasivos ante el apremiante y venidero proceso electoral que se aproxima este 2 de junio.

Así pues, si queremos los frutos de la unidad y de la paz, si deseamos que nuestro entorno social, familiar y eclesial se transforme, debemos disponernos a vivir sin egoísmos, pensando y comportándonos más allá de lo que nos beneficia o conviene siempre. Es indispensable disponernos a una transformación humana seria y profunda, en lo que sea necesario, sabiendo que sólo así podremos dar lo mejor de nosotros mismos, para hacer realidad el bien común y la paz social hasta vivir con dignidad.

Pbro. Juan Beristain de los Santos