Arquidiócesis de Xalapa

Inicio  ›  Documentos Diocesanos

La paz como anhelo de la plenitud humana

Compartir

Ciudad de México, a 23 de junio del 2021.

Jesús, al enviar a sus discípulos en misión, les dijo: «Cuando entren en una casa, digan primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos su paz; si no, volverá a ustedes» (Lc 10,5-6).

Dar la paz, está en el centro de la misión de los discípulos de Cristo. Y este ofrecimiento está dirigido a todos los hombres y mujeres que esperan la paz en medio de las tragedias y la violencia, por tanto, este es también nuestro anhelo y compromiso, expresado en nuestro Proyecto Global de Pastoral 2031+2033 (PGP).

Una vez más declaramos que la paz no puede reducirse al simple equilibrio entre la fuerza y el miedo. Mantener al otro bajo amenaza significa reducirlo al estado de objeto y negarle la dignidad. Desde aquí reafirmamos que el incremento de la intimidación, así como la proliferación incontrolada de las armas, son contrarios a la moral y a la búsqueda de una verdadera concordia. El terror ejercido sobre las personas más vulnerables contribuye al exilio de poblaciones enteras en busca de una tierra de paz.

Hoy más que nunca, nuestras sociedades necesitan “artesanos de la paz”[1] que sean auténticos mensajeros y testigos, en la vida cotidiana, del bien ser, del bien dar y del bien estar, y con ello complementar la felicidad en la familia humana. En este sentido dirigimos nuestro pensamiento a las familias, niños y adolescentes, que viven en zonas de inseguridad o que han sido dañados por la violencia, y a todos los que se esfuerzan para que sus vidas y sus derechos sean protegidos.

Vivimos en un mundo demasiado complejo y en rápido movimiento. Nos encontramos cada vez más interconectados con los acontecimientos de los diferentes ámbitos sociales, pero contradictoriamente, también experimentamos lejanía, desconfianza y, hasta sospecha, para con los demás.

Muy variadas formas de violencia amenazan nuestra vida contemporánea, no solo a través de las armas, sino también a través de las diferentes plataformas digitales y medios de comunicación masiva, los cuales tienen como fundamento la cultura de la indiferencia y del descarte, misma que el Papa Francisco ha señalado como una patología que puede provocar “consecuencias funestas”[2].

Nuestra Iglesia, como una Madre llena de sabiduría, ha insistido en la importancia de la promoción de la paz, por ello, el magisterio de los pontífices del siglo XX, azotado por revoluciones y guerras mundiales, y del siglo XXI, que no ha estado exento de conflictos bélicos, se ha mantenido firme en la exhortación a toda la humanidad para generar una cultura de diálogo y de paz.

Queremos subrayar como documento paradigmático la Carta Encíclica Pacem in Terris, en la que el Papa San Juan XXIII, preocupado por el contexto de la llamada “Guerra Fría”, recuerda al mundo entero que la paz es la “suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia”[3] y que dicha aspiración está impresa en la conciencia de cada persona humana, de tal manera que ésta debe regir todas las relaciones que estructuran la vida social de los pueblos[4].

El Papa Francisco, en nuestros días, en Fratelli Tutti, ha exhortado a vivir una actitud de franca y abierta amistad social en la que se construya una “cultura del encuentro”[5], capaz de superar las diferencias de puntos de vista que confrontan a las comunidades, para buscar más bien, la complementariedad y el enriquecimiento mutuo.

Nuestra sociedad mexicana se ha visto perjudicada considerablemente, por escenarios de inseguridad y violencia, como ya lo expresamos en el 2010, en la Exhortación Pastoral “Que en Cristo, nuestra paz, México tenga vida digna”, misma que hacía un análisis de la realidad en donde se advertía la creciente actividad de la delincuencia organizada, la pobreza, la desigualdad social, la corrupción, la falta de reformas en las políticas económicas, las deficiencias en el sistema de impartición de justicia, el desempleo, etc.[6] Ahora vemos que dicha realidad, lejos de disminuir, continúa amenazando a nuestras comunidades.

Sabemos que todos, autoridades gubernamentales, organismos autónomos, sociedad civil y ministros de culto, estamos llamados a realizar nuestra propia aportación para la construcción de la casa común, bajo el resguardo jurídico que provee el Estado de Derecho, el cual debe garantizar una sana convivencia entre la población. La auténtica vida social, fundada en el derecho y en un diálogo leal entre los protagonistas, se renueva con la convicción de que cada mujer, cada hombre y cada generación encierran en sí mismos una promesa que puede liberar, aun ante lo complejo, nuevas energías relacionales, intelectuales, culturales y espirituales.

La Iglesia cumple su misión siguiendo los pasos de Jesús y haciendo suyas sus actitudes (Cfr. Mt 9,35-36); de Él aprendemos la sublime lección de anunciar el Evangelio de la Paz con la confianza puesta en la fuerza transformadora del Amor, pues “para nosotros los creyentes la paz es una Persona, es el Don de amor de Dios por excelencia, es Jesucristo mismo”[7]. Por ello, estamos hoy presentes con la intención de renovar y mantener un diálogo provechoso, abierto y trasparente con las instituciones, convencidos igualmente de que un Estado capaz de apreciar las propias raíces religiosas, sabiendo aprovechar su riqueza y potencialidad, puede ser más fácilmente inmune a tanta violencia, causada también por el gran vacío en el ámbito de los ideales, porque es precisamente este olvido de Dios, en lugar de su glorificación, lo que engendra la violencia.

Proponemos continuar construyendo a partir de los principios de solidaridad y subsidiariedad, favoreciendo que prevalezca la ayuda mutua, y caminando animados por la confianza recíproca. Este es un reto que hoy la historia nos ofrece.

Como constructores de paz: seamos respetuosos y comprensivos; si creemos en Dios, entonces oremos y seamos más agradecidos y caritativos; cambiemos toda actitud que sea perjudicial, realicemos una introspección y trabajemos en nuestros propios errores. Seamos ejemplo de paz, armonía y amor en donde quiera que nos encontremos. Seamos pacientes, fomentemos la sana convivencia, estemos dispuestos a ser serviciales, a ayudar al que lo necesita.

Optemos con prontitud y en todo momento por combatir la violencia, no nos esperemos, podemos hacerlo hoy mismo y con ello contribuir de manera trascendental en la promoción de la paz: utilicemos una comunicación asertiva, seamos amables; saludemos a nuestros vecinos, al portero, al policía, al que nos recibe a la entrada del negocio, a la persona que nos atiende en una ventanilla, incluso, a quienes no nos saludan, al que parece indiferente, o a quien no nos agrada; pues como decía Jesucristo, si solo amamos a quienes nos aman, y si solo saludamos a nuestros hermanos, ¿qué hacemos de extraordinario? (Lc 6, 32-34). Si fomentamos el diálogo y el buen trato lograremos ser mejores de lo que hemos sido hasta ahora.

Habiendo transcurrido uno de los procesos electorales más significativos de nuestra historia, invitamos a todos, independientemente de los resultados de las votaciones, a construir un futuro, basado en la capacidad de comprometernos juntos para superar las divisiones, favoreciendo la paz, la reconciliación frente a las injusticias y la comunión entre todos nosotros. Busquemos transformar a las personas y a nuestros pueblos promoviendo una cultura de diálogo y de perdón, reconociendo que solo Dios es dueño y Señor de la vida, y que el quinto mandamiento nos dice: No matarás. Pongamos en manos de la Justicia Divina todas las ofensas, daños y sufrimientos que nos hayan causado, y olvidemos la venganza, ésta es la única manera de “romper la espiral de la violencia”[8].

Estos anhelos y exhortaciones los ponemos en manos de nuestro buen Dios y bajo el amparo de Santa María de Guadalupe, que durante cinco siglos nos ha acompañado y que en su rostro mestizo nos ofrece un mensaje de comunión, que hace posible superar las diferencias a través de la paz y la armonía, animándonos a cuidar en México, “nuestra casita sagrada”[9].

Los obispos mexicanos.

 +Rogelio Cabrera López

     Arzobispo de Monterrey

     Presidente de la CEM

 +Alfonso G. Miranda Guardiola

Obispo Auxiliar de Monterrey

Secretario General de la CEM