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Jesús en carne viva

El milagro de Lanciano
Pbro. Galdino Pérez Jiménez

La Iglesia siempre ha creído que la Eucaristía es el sacramento en el cual, bajo las especies de pan y vino, Jesucristo se halla verdadera, real y substancialmente presente, con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad (cf Cat I. C. 1374). ¿Tú crees en esto? ¿Será posible? Veamos.

La pequeña ciudad de Lanciano se encuentra a 4 kilómetros de Pescara, Bari, (Italia). En el siglo VIII, un monje basiliano, después de haber pronunciado las palabras de la consagración: «(…) Esto es mi Cuerpo (…) Éste es el cáliz de mi Sangre (…)», comenzó a dudar de la presencia real del Cuerpo y de la Sangre del Salvador en la hostia y en el cáliz. Fue entonces cuando se realizó el milagro delante de los ojos del sacerdote; la hostia se tornó un pedazo de carne viva; en el cáliz, el vino consagrado, en sangre viva, coagulándose en cinco piedrecitas irregulares de forma y tamaño diferentes.

En 1970, quisieron verificar la autenticidad del milagro, aprovechándose del adelanto de la ciencia y de los medios de que se disponía. El análisis científico de aquellas reliquias, que datan de trece siglos, fue confiado a un grupo de expertos. Con todo rigor, los profesores Odoardo Linolli, catedrático de Anatomía, Histología Patológica, Química y Microscopia clínica, y Ruggero Bertellí, de la Universidad de Siena, efectuaron los análisis de laboratorio. He aquí los resultados.

La carne es verdaderamente carne. La sangre es verdaderamente sangre. Ambos son sangre y carne humanas. La carne y la sangre son del mismo grupo sanguíneo (AB). La carne y la sangre pertenecen a una persona viva. El diagrama de esta sangre corresponde al de una sangre humana que fue extraída de un cuerpo humano ese mismo día. La carne está constituida por un tejido muscular del corazón.

La conservación de estas reliquias dejadas en estado natural durante siglos y expuestas a la acción de agentes físicos, atmosféricos y biológicos es un fenómeno extraordinario. Uno queda estupefacto ante tales conclusiones, que manifiestan de manera evidente y precisa la autenticidad de este milagro  eucarístico.

¡Cuántas conclusiones, cuántas ideas y profundizaciones sobre los designios de Dios podemos sacar del milagro de Lanciano!

Precisamente cuando los soberbios afirman: «La ciencia enterró la religión, la Iglesia y la oración, son cosas superadas». Para éstos, el milagro de Lanciano es una respuesta categórica. La ciencia, con sus recursos actuales, viene a probar la autenticidad del milagro. ¡Y qué milagro!

Es realmente un milagro que está destinado para los incrédulos de nuestro tiempo. Pues, como dice san Pablo, los milagros no están hechos para aquellos que creen, sino para los que no creen. Precisamente en este tiempo, cuando un cierto número de cristianos dudan de la presencia real, admitiendo sólo una presencia espiritual de Cristo en el alma del que comulga, la ciencia la comprueba con una evidencia de un milagro que tiene ya más de trece siglos. Con este milagro la ciencia afirma que las palabras omnipotentes de Dios son verdaderas: «Esto es mi Cuerpo (…) Ésta es  mi Sangre...)».

Ante tal prodigio, sólo nos resta exclamar como santo Tomás de Aquino: «¡Oh banquete precioso y admirable, banquete saluda¬ble y lleno de toda suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, más precioso que este banquete en el cual no se nos ofrece, para comer, la carne de becerros o de machos cabríos (…), sino al mismo Cristo, verdadero Dios?».

 

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