Pbro. Marcos Mendoza MéndezTodos, absolutamente todos, llegamos a aceptar tarde o temprano que cometemos grandes o pequeños errores en la vida. Algunos llegamos a justificar nuestras faltas diciendo que somos frágiles, humanos y que nadie es perfecto en este mundo. Otros más atribuimos nuestras malas acciones al poder del maligno que nos roba el buen pensamiento y arrebata la libertad con sus propuestas atractivas y sutiles. El evangelio de Lucas, cuando habla del hijo pródigo, nos enseña que cuando se aleja uno del amor de Dios, se cometen las peores barbaridades. Y mientras tratamos de entender qué sucede con nuestra inteligencia y voluntad en esa lucha, que como dice san Pablo, vemos el bien que debemos hacer, pero hacemos lo contrario. El bombardeo que más fuerte impacta en nuestra conciencia y nuestra fe, que si no las mata, al menos las desanima o enferma psicológicamente, es el del escándalo.
El escándalo, como acción que primero causa admiración, luego alboroto para terminar en la burla y el desprecio, es algo de lo que nadie está exento por el simple hecho de ser pecadores e infieles a los mandamientos de Dios. Muchas veces, sólo basta con que nos exhiban justa o injustamente o nos levanten falsos testimonios. Y es que, ante una acción que nos escandaliza, ya se trate de una persona privada o pública en quien hemos depositado nuestro afecto y confianza, solemos reaccionar de dos maneras: positivamente, si tratamos de meternos en sus sentimientos y circunstancias, cuidando al menos su imagen para no destruirlo internamente, sin caer en la complicidad, y podemos reaccionar de manera negativa, subrayando los errores, haciendo leña del árbol caÃdo, mordiendo la mano de aquel que quizá nos ha dado de comer con lo bueno de su persona, de sus servicios o bendiciones, por el simple criterio de que destruir es más barato que reconstruir.
Si alguien viene a contarnos cosas que se dicen de un amigo o, aun más, de un hermano, si estamos totalmente seguros de que es cierto lo que se dice de él y de que eso que se dice es malo porque perjudica a muchos o uno solo, lo más cobarde que podemos hacer es apartarnos de él, tratarlo como a un fracasado y rechazarlo para siempre. Lo más corriente de un cristiano es caer en el juego de los periodistas sin ética que se dedican a exhibir las caÃdas de un ser humano, por el solo interés económico, como si ellos estuvieran limpios. Hay maneras terribles de acabar con la buena fama de una persona. Hay modos concretos de violar el quinto mandamiento.
Los cristianos no podemos ni debemos caer en estas acciones ridÃculas y absurdas. En primer lugar, porque nada ni nadie nos garantiza que nosotros no podamos estar un dÃa, quizá mañana, al centro y ser el blanco de todas las burlas y rechazos. Y en segundo lugar, porque Cristo nos dejó el mandamiento más importante de amarnos los unos a los otros como Él nos amó, y esto nos exige que le hagamos el bien al otro. Ante el escándalo que nos puede afectar directa o indirectamente, ciertamente no podemos permanecer pasivos, pero tampoco poseemos el derecho de murmurar a las espaldas de quien ha caÃdo. Tenemos la obligación de corregirnos como hermanos. La corrección fraterna no es algo opcional. Jesucristo, en el evangelio de Mateo (18, 15-17), nos da los pasos para aprender a corregir a los hermanos; para hablarles con caridad y, a la vez, con mucha claridad.
Y cuando se trata de situaciones extremas en las que quizá se ha destruido la vida de alguien, después de la corrección fraterna aún nos queda la alternativa del perdón. Si Cristo no nos niega el perdón a nosotros, ¿por qué se lo vamos a negar a quien, según nosotros, ya está condenado? El amor de Cristo ha sido tan grande y auténtico que terminó perdonando a sus enemigos. Si practicamos la corrección fraterna ante los escándalos y si hacemos caso al mandamiento más importante que el Señor nos dejó, seremos beneficiados grandemente en nuestras relaciones y convivencias. Y ante las oportunidades que debemos dar al que ha caÃdo, no olvidemos que Cristo tiene el poder de reconstruir lo que se echa a perder y que sólo a Él le corresponde el papel supremo de ser juez porque está libre de pecado. Y hago un llamado especialmente a los cristianos, es decir, a todos los bautizados, porque, si un miembro del cuerpo que es la Iglesia se enferma o no cumple con su función, nos afecta y lastima a todos.
Escuchenos en vivo a través de Xalapa Inmaculada Radio.


