Clemen Piña
En el mes de agosto, dedicado a las personas mayores es justo volver la mirada hacia nuestros sacerdotes ancianos. Ellos son la «memoria colectiva» del presbiterio. A lo largo de su vida han acumulado muchÃsimas experiencias que les han dado una visión muy especial del acontecer de la Iglesia.
 Guardan en su memoria anécdotas, acontecimientos, sufrimientos, fracasos, éxitos apostólicos, proyectos realizados y otros que no llegaron a concretar. Su fe, paciencia y fortaleza han sido más que probadas.
Para muchos feligreses, la figura del sacerdote mayor evoca tiempos de intensa devoción, atención paternal y presencia siempre oportuna en el momento del dolor, del sufrimiento y de la enfermedad.
Con cuánta ternura se añora al sacerdote que siempre tenÃa a la mano una estampa, una medalla, un rosario, un escapulario que llena el vacÃo y calma la ansiedad de muchas almas que buscan consuelo; porque para muchos de nosotros es signo del amor de Dios hecho detalle. Esos recuerdos están en el corazón del sacerdote anciano. Tal vez sin tanto ajetreo y compromisos como los que ahora tienen los párrocos por la inmensa tarea de atender a un gran número de comunidades, ellos tenÃan el tiempo suficiente para estar. Su formación fue distinta; su visión y actuación, muy diferentes.
Es ahora, en su vejez, cuando cosechan los frutos de lo sembrado. Es la oportunidad también del reajuste, de replantearse objetivos y tareas. Los relevos jóvenes van llegando para las actividades parroquiales, pero su hermosa misión no cesa. Cuántos sacerdotes ancianos son profundamente amados y venerados por su comunidad, por sus hermanos sacerdotes y no por lo que hagan sino por lo que son; por su santidad, no por su poder. Han sido muchos años de lucha, confrontaciones, dudas, reflexión, desapego, renuncias para cuidar al rebaño que les fue confiado.
Nuestro agradecimiento por cada palabra de amor, gesto de caridad, momentos dedicados a escuchar y consolar, minutos y horas entregadas a llevar una caricia de Cristo a tantos corazones entristecidos. Cuántas horas en el confesionario devolvieron la vida, la alegrÃa y la paz a cantidad de almas. Por cada una de ellas el Señor les tiene reservado un lugar muy especial en su Reino. Les irá dejando en el corazón el tesoro de su paz, libertad y gozo.
Es tiempo de dejar a los nuevos sacerdotes esta gran tarea. Ojalá sigan las huellas de entrega, ternura, comprensión, bondad, amabilidad con la que muchos marcaron su vida sacerdotal.
No podemos negar que también habrá sacerdotes ancianos que viven una gran soledad y abandono. Tristemente muchos otros viviendo con frustración y enojo por objetivos no cumplidos; tal vez por cariño no recibido. Dios sabrá por qué y cada uno de ellos tendrá que encontrar la causa. Lo que es indiscutible es que todos y cada uno de los sacerdotes ancianos merecen el amor, respeto y atención de sus comunidades y de sus hermanos sacerdotes. Su tiempo va terminando y es responsabilidad de todos acercarles también a ellos la ternura de Dios a través de nuestra presencia y aprovechar su experiencia y percepción de la Iglesia y del mundo. Tienen mucho que entregar, mucho por qué luchar todavÃa para alcanzar la plenitud de su vida y de su misión.
El Señor conceda a todos nuestros sacerdotes ancianos la sabidurÃa del corazón y la santidad de vida. Que MarÃa santÃsima sea su consuelo y cuide con ternura cada momento que el Señor les ha destinado para que sigan sirviendo al pueblo de Dios que mucho necesita de ustedes.
Escuchenos en vivo a través de Xalapa Inmaculada Radio.



