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La muerte se ha convertido en un paso hacia lo que no pasa



Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Nos deslumbran las innovaciones y los hechos más recientes concentran toda nuestra atención. Quisiéramos que la Iglesia no pasara por alto esta realidad vertiginosa en la que vivimos. Se acusa a la Iglesia de no estar actualizada y de no referirse a los hechos más recientes.
Ciertamente no hablamos de todas las cosas actuales de las que hablan los medios, de las que aparecen todos los días en nuestros diálogos, de las que exponen los catedráticos como los temas y descubrimientos del momento. No hablamos quizá con la rapidez y emotividad con la que en ambientes mediáticos se refieren a los últimos hechos.
Pero ¿qué tiene más actualidad para nosotros? ¿Personas? ¿Tecnología y dispositivos? ¿Hechos con relevancia mediática? ¿Nombres de políticos y dirigentes que vienen y van? ¿Temas triviales, lúdicos y morbosos sobre lapsus, incoherencias y despropósitos de los actores políticos? Claro que todo esto no es actual para un creyente.
Las cosas actuales no son aquellas que aparecen de manera repentina, o con toda su capacidad de fascinación. No son los hechos que deslumbran durante algún tiempo pero que quizá no lleguen a convertirse en verdaderos acontecimientos que dejen su huella en la historia. No son las cosas que dicta la moda haciéndonos pensar que eso es estar en la vida y en la modernidad. Desde que somos niños y conforme hemos ido creciendo hay cosas que considerábamos actuales y que han quedado en el olvido.
Para el creyente las cosas más actuales son las eternas, es decir las que tocan a las personas en el núcleo más íntimo de la propia existencia, en cada época y en cada cultura. Son preguntas, experiencias, situaciones, temas que están siempre ahí, que nos acompañan en todo el arco de la vida y que nos hacen sentir de manera más fuerte su presencia en algunas etapas y momentos de la vida.
Las situaciones del espíritu son las más actuales, las que nunca pierden vigencia, las que nunca caducan, las que no pasan de moda, a pesar de que queramos silenciarlas, negarlas o incluso reprimirlas.
Nos cuesta establecer la distinción que hay entre «lo urgente» y «lo importante». Siempre estamos tentados de anteponer lo urgente a lo importante, y lo «reciente» a lo eterno».
Lo más actual es saber si la vida tiene un sentido o no, si la muerte es el final de todo, si hay una vida más allá de la muerte. Aunque todos los días nos topemos con cosas recientes y urgentes, esto es lo más importante y actual porque de la respuesta que demos a estas preguntas dependerá el sentido y la proyección de nuestra vida.
La muerte y resurrección de Jesucristo es la única respuesta a estas preguntas y a todos nuestros problemas. Jesús es nuestra actualidad, Él nunca pasa, Él es nuestra meta y esperanza. Dice el P. Raniero Cantalamessa que la diferencia que hay entre esta actualidad y la actualidad mediática de las noticias es la misma que hay entre quien pasa el tiempo mirando la huella dejada por la ola en la playa (¡qué será borrada por la ola siguiente!) y quien levanta la mirada para contemplar el mar en su inmensidad.
El cristiano no minimiza lo que está pasando, ni desprecia las innovaciones. Aunque sufre y se preocupa por todo lo que pasa en el mundo, no deja de mirar a Cristo que abre sus horizontes y ofrece una mirada más amplia de la historia, una mirada que nos saca del espejismo y la fatalidad en las que nos tienen atrapadas las cosas deslumbrantes del mundo y los hechos negativos y dramáticos.
La resurrección de Jesucristo ofrece un sentido definitivo a nuestra vida y nos hace ver que la muerte no es el final de todo. Decía un Padre de la Iglesia: “Cristo ha dado muerte a la muerte que mataba al hombre”. De esta forma la muerte se ha convertido en un paso ¡y un paso hacia lo que no pasa!
Decía san Juan Crisóstomo: «Es cierto, nosotros morimos también como antes pero no permanecemos en la muerte: y esto no es morir. El poder y la fuerza real de la muerte es solamente eso: que un muerto no tenga ninguna posibilidad de volver a la vida. Pero si después de la muerte recibe de nuevo la vida y, más todavía, se le da una vida mejor, entonces esta ya no es muerte, sino un sueño».

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