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Lucas 17,7-10. El Senor dijo: «Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dira: 'Ven pronto y sientate a la mesa'? ¿No le dira mas bien: 'Preparame la cena y recogete la tunica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tu comeras y beberas despues'? ¿Debera mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mando? Asi tambien ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: 'Somos simples servidores, no hemos hecho mas que cumplir con nuestro deber'.» ∗
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Se nos muere la gente pero a Dios no se le mueren sus hijos


Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Qué osadía de la comunidad cristiana que en la celebración eucarística renueva su fe en la vida eterna. “Creo en la resurrección de los muertos…”, así lo confesamos con solemnidad y confianza. Esa es nuestra fe, esa es la meta que esperamos alcanzar.
Sufrimos como todos cuando llega el momento de despedirnos de nuestros seres queridos, nos cuesta también aceptar el momento de su partida; humanamente hablando nos resistimos y hasta protestamos, pero desde la fe confiamos y nos abandonamos en los designios de Dios.
Sin embargo, se trata verdaderamente de una osadía ya que mientras nosotros creemos en la vida eterna el mundo cree y se aferra únicamente a esta vida.El mundo se desgasta, planea y decide como si todo se quedara aquí.
Los creyentes sin huir de este mundo, sin denostar este mundo, anunciamos un mundo definitivo. Así que ante el desaliento, la desesperación, la incredulidad y el materialismo que encierran la vida en las paredes de este mundo, los cristianos anunciamos la vida eterna. 
Cuando no se ama la vida y cuando se va limitando la capacidad de amar también se pierde el interés por la vida eterna. Parece como si el materialismo y el consumismo nos llevaran a capitular del cielo. En algunos casos estamos tan acostumbrados a los bienes y sofisticaciones de este mundo que ya no esperamos nada, que ya no nos interesa nada, y en otros casos estamos insatisfechos y nos consideramos infelices por lo que no queremos saber nada de la vida, no quisiéramos prolongar eternamente una vida de sufrimientos, soledad e indiferencia.
Por lo tanto, para tener ganas de resucitar es necesario tener antes ganas de vivir y de amar, de renacer y descubrir una vida que deseamos prolongar por toda la eternidad. Esto es precisamente lo que la fe nos regala, la cercanía y el amor de Dios que nos regresa ya desde ahora a la vida verdadera, a la vida con todo su sentido. Con particular belleza lo decía el poeta: “No son los muertos los que en dulce calma la paz reposan de la tumba fría; muertos son los que tienen muerta el alma, y viven todavía…”
Nuestra fe en la resurrección depende estrechamente de nuestra capacidad de amar, de entregar una vida que Dios corona con la inmortalidad.
A nosotros se nos mueren nuestros seres queridos, se nos mueren los hijos, los padres, los hermanos, los abuelos, los amigos, pero a Dios no se le mueren sus hijos sino que los lleva a gozar eternamente de su divina presencia. Dios no puede amarnos sólo por un tiempo. Si nos hace partícipes de su vida, si establece una alianza de amor con nosotros, es porque la muerte no es el final de la vida humana.
 Decía San Juan Crisóstomo: «Es cierto, nosotros morimos también como antes pero no permanecemos en la muerte: y esto no es morir. El poder y la fuerza real de la muerte es solamente eso: que un muerto no tenga ninguna posibilidad de volver a la vida. Pero si después de la muerte recibe de nuevo la vida y, más todavía, se le da una vida mejor, entonces esta ya no es muerte, sino un sueño». 
Nos acostumbramos a lo más tierno, sublime y hermoso de esta vida y lo comenzamos a vivir como algo ordinario. La vida eterna será desacostumbrarse y vivir esas cosas con la emoción y la alegría de la primera vez. «Allí viviremos el "milagro de la primera vez". La primera vez que sentiste que ese hombre sería tu amigo; la primera vez que oíste tocar, cuando niño, aquella música que te marcó; la primera vez que tu hijo te sonrió. La primera vez... Después uno se acostumbra, pero la eternidad es desacostumbrarse»(Olivier Clément O.).
Qué osadía del cristianismo, no sólo creer en la vida eterna sino resucitar primero a los hombres que viven como muertos para que aprecien, valoren y amen su vida, de tal forma que quieran resucitar a la vida eterna.

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