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Marcos 3,31-35. Entonces llegaron su madre y sus hermanos y, quedandose afuera, lo mandaron llamar. La multitud estaba sentada alrededor de Jesus, y le dijeron: "Tu madre y tus hermanos te buscan ahi afuera". El les respondio: "¿Quien es mi madre y quienes son mis hermanos?". Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de el, dijo: "Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre". ∗
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Frente a los problemas, antes que analizar ponerse a rezar


Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Va creciendo en nuestra cultura la tendencia a la desvinculación. Llega el momento de la ruptura que puede convertirse en un asunto mayor. Romper con los demás, con los valores, con las normas morales, con la familia e incluso con Dios.

No es simplemente una etapa de la vida en la que pensamos que podemos solos y no necesitamos de los demás sino que llega a convertirse en un estilo de vida, en una forma de pararse en la existencia. Con una mentalidad así cada quien pone e inventa sus criterios en la vida, de tal manera que la verdad depende “de lo que yo quiero”, “de lo que a mí me gusta” y “de lo que deja una utilidad en mi vida”.

Por lo tanto dejan de reconocerse los valores y los principios en los que se ha sostenido la vida de los hombres y la estabilidad de la sociedad. Batallamos más para ponernos de acuerdo, porque no se reconoce una verdad objetiva, una realidad que está allí impactándonos de diversas maneras. 

En este ambiente que condiciona mucho la vida de las familias, de la sociedad y de la misma Iglesia, cuánto se agradece el testimonio de las personas que cuidan la vinculación con Dios y con los valores como criterio fundamental para llegar a conocer la verdad y, en nuestro caso como cristianos, llegar a conocer la voluntad de Dios.

No sabemos todo, no lo podemos todo y este es un buen punto de partida para dejarnos iluminar, para intensificar más nuestra búsqueda y para preguntarnos si es bueno, si es correcto lo que vivimos o lo que estamos por decidir.

Cuando es sincero y apremiante nuestro deseo de preguntarnos sobre la voluntad de Dios para nuestra vida conviene considerar estas recomendaciones que nos da la Palabra de Dios. 

En primer lugar tenemos que dejar hablar a Dios. En una relación todos somos importantes, todos tenemos cosas dignas que compartir, todos necesitamos un espacio para ser escuchados y también para escuchar.

En la vida espiritual no podría ser de otra manera, por lo que es prioritario escuchar a Dios que siempre tiene muchas cosas que compartir. No buscamos a Dios como un desahogo o como una distracción pasajera sobre todo para superar el estrés y las tensiones. No se trata de llevar a Dios como un amuleto que solo lo sacamos para las necesidades y emergencias, tampoco de usarlo como un amuleto para tener suerte en la vida.Nuestro propósito es crecer en la relación con Él y dejarlo hablar. Se trata, pues, de no taparle la boca a Dios.

En segundo lugar tenemos que volver a privilegiar momentos de silencio. Nos hemos sumergido en una vida de ruidos y activismo y por eso nos cuesta reconocer lo que más nos conviene en la vida. Debemos recurrir al silencio y buscar momentos exclusivos con Dios para compartir con él las dudas y los hechos más importantes de nuestra vida.

En tercer lugar hace falta no tener miedo. Se trata de crecer en la confianza en los designios de Dios y no tener miedo de lo que pueda pedirnos o contestarnos en la oración. Dios nos empujará siempre adelante y nos sacará de nuestra mediocridad y falta de compromiso, por lo que muchas veces su voluntad no corresponde con la nuestra. Pero no debemos tener miedo a lo que nos pida reconociendo que es lo mejor que nos pueda pasar y además Él nos concederá lo que necesitamos para responder a su llamada.

Y por último es muy importante pedir consejo, buscar ayuda espiritual para confirmar que nuestras decisiones sean las que correspondan a la voluntad de Dios. No es un asunto menor pedir consejo ni se trata simplemente de una cosa pía, sino que es un arte pedir apoyo.

Se trata de algo sumamente serio porque podemos pedir consejo al que aplaude nuestro pecado, al que celebra nuestra mediocridad, al que no nos exige en la vida. Por eso se trata de un arte porque es necesario buscar a la gente que tiene más experiencia en el conocimiento de Dios, a personas que nos exijan y nos pongan directamente en la presencia de Dios.

Desde luego todo esto es necesario hacerlo en un ambiente de oración, vivir este proceso como un camino de oración para ponerse en la presencia de Dios y consolidar el discernimiento. Como decía el papa Benedicto XVI:

[…], se observa una actitud subyacente importante: ante el peligro, la dificultad, la amenaza, la primera comunidad cristiana no trata de hacer un análisis sobre cómo reaccionar, encontrar estrategias de cómo defenderse a sí mismos, o qué medidas tomar, sino que ante la prueba empiezan a rezar, se ponen en contacto con Dios. 

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