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Juan 15,26-27.16,1-4a. En aquel tiempo, Jesus dijo a sus discipulos: «Cuando venga el Paraclito que yo les enviare desde el Padre, el Espiritu de la Verdad que proviene del Padre, el dara testimonio de mi. Y ustedes tambien dan testimonio, porque estan conmigo desde el principio. Les he dicho esto para que no se escandalicen. Seran echados de las sinagogas, mas aun, llegara la hora en que los mismos que les den muerte pensaran que tributan culto a Dios. Y los trataran asi porque no han conocido ni al Padre ni a mi. Les he advertido esto para que cuando llegue esa hora, recuerden que ya lo habia dicho.»∗
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Domingo de la Misericordia


Lila Ortega Trápaga

Hoy celebramos el Domingo de la Misericordia, proclamado por san Juan pablo II en el año 2000 durante la canonización de Santa Faustina Kowalska «así pues, es importante que acojamos íntegramente el mensaje que nos transmite la palabra de Dios en este segundo domingo de Pascua, que a partir de ahora en toda la Iglesia se designará con el nombre de ‘Domingo de la Divina Misericordia». Homilía, 30 de abril, 2000

Esta promulgación de san Juan Pablo II fue basada en revelaciones privadas, esto es que, a santa Faustina, religiosa polaca, el señor Jesús se le apareció en persona y le reveló, además de su imagen, mensajes sobre su Divina Misericordia. Para concluir que los mensajes fueran ciertos, la entonces sor Faustina fue sometida a rigurosos procesos de escrutinio psicológico y espiritual para discernir si lo que estaba comunicando era verdaderamente mensaje divino. 

Al pedir que se pintara la imagen, sor Faustina fue dictando los trazos y detalles de Nuestro Señor Jesucristo, de pie, vestido de blanco, con la mirada fija al frente, un rostro pleno de paz; con su mano derecha en señal de bendición, y apuntando con su mano izquierda sobre su pecho fluyen dos rayos: uno rojo simbolizando la Sangre derramada para darnos la Vidaeterna y otro blanco que simboliza el agua que lava los pecados. La imagen representa a Jesús en el momento en que se aparece a los discípulos en el Cenáculo –tras la resurrección–, cuando se les da el poder de perdonar o retener los pecados.

El domingo proclamado por san Juan Pablo II en la octava de Pascua es certero al referirse al saludo de Jesús a sus discípulos, y el poder que dio a estos sobre los pecados «Recibid el Espíritu Santo.A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» Jn 20, 22-23. 

“Habla a las almas de esta gran misericordia Mía, porque está cercano el día terrible, el día de Mi justicia”. (Diario 965)


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