Arquidiócesis de Xalapa

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¿Dónde obtener consuelo ante esta tribulación?

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Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Como todos los años, nos preparamos con anticipación en la Iglesia para meditar los textos bíblicos durante la cuaresma y la pascua. Aunque sabemos y damos testimonio de la capacidad que tiene la Palabra de iluminar todos los acontecimientos de nuestra vida, nunca nos imaginamos encontrar en ella tanta precisión y exactitud para iluminar lo acontecimientos que ahora nos afligen y desconciertan. Si yo hubiera tenido necesidad de exponer algo estrictamente personal durante esta pandemia me hubiera sentido abrumado y rebasado para tal empresa. Pero la Biblia me ha dado las palabras apropiadas para levantar el ánimo, infundir esperanza y afianzar la fe. Es admirable la actualidad que hemos encontrado en la Palabra ya que conociéndola y habiéndola meditado tantas veces, nos ha sorprendido su novedad. Si esto nos ha hecho experimentar en las primeras semanas de la pandemia y confinamiento, estamos seguros que la Palabra de Dios seguirá provocando el consuelo y la esperanza en el tramo todavía difícil y complicado que nos falta recorrer. Por eso, ante la pregunta que explícita e implícitamente se plantea durante esta tribulación sabemos cómo responder y a dónde recurrir. ¿Dónde obtener consuelo ante esta tribulación? ¿Dónde encontrar la luz en medio de la oscuridad que se ha instalado? El consuelo, la esperanza y la luz llegan cuando menos lo esperamos. Eso nos hace sentir la Palabra de Dios. Habíamos olvidado el aroma, la novedad y la sorpresa que tiene la Palabra porque nos alejamos de Dios y desdeñamos el poder de su Palabra. Pero en este tiempo todos los caminos nos llevan a la oración y al encuentro con el Señor a través de su Palabra. A veces por necesidad y otras por convicción, pero finalmente se viene dando el reencuentro con la Palabra que tiene la respuesta que necesitamos para esta tribulación. De esta forma estamos regresando a lo esencial y a los tesoros de nuestra fe al experimentar la Palabra de Dios como ese refugio seguro y asumiéndola como guía en este tiempo de desconcierto. En medio de tantos caminos y ofertas que en otros tiempos hemos aceptado, ahora la intuición, la sensatez y también la necesidad nos llevan finalmente a la Palabra de Dios que tantas veces hemos desdeñado. Ahora caemos en la cuenta del sabor que tiene la Palabra de Dios y de su capacidad para abrazar el alma. Cuánto se añora en estos tiempos un abrazo, un beso y la cercanía de siempre de la gente que queremos. Pero en medio de la crisis, los riesgos y las restricciones descubrimos con asombro la capacidad que Dios tiene para abrazar el alma. Nos sentimos abrazados en el alma por la Palabra de Dios y por nuestros pastores que también recibiendo la Palabra la comparten con gran novedad. Hay almas impregnadas del Espíritu que, a través de su sonrisa, de sus palabras, de su fe y de su bondad tienen esa capacidad de abrazar el alma, porque viven en la presencia de Dios, se rigen por su Palabra y se alimentan de los sacramentos. En estos tiempos sombríos agradecemos tanto a esas almas que tienen la capacidad de abrazar el alma para levantar los ánimos, para comprometernos en la lucha y para seguir aceptando la guía de la Palabra de Dios que nos sacará de este dolor y de este momento de oscuridad. Por eso, imitando a los guías del pueblo de Dios, de acuerdo a lo que meditamos en la Palabra, digamos con confianza: Señor, no tomes en cuenta nuestra infidelidad, no mires nuestros pecados. Apiádate de nosotros, por el honor de tu nombre. Que no digan los ateos ¿dónde está tu Dios?; que no nos reprochen los hombres de nuestro tiempo qué estás haciendo por nosotros. Acuérdate, Señor, de San Francisco de Asís, de Santa Clara, de Santa Catalina, de San Ignacio de Loyola, de San Pío de Pietrelcina, de Santa Teresa, de Santa Teresita, de tantas almas que provocaron el deseo de Dios. Acuérdate, Señor, de san Rafael Guízar Valencia, del beato Ángel Darío Acosta, del Siervo de Dios Juan Manuel Martín del Campo, del cardenal veracruzano y eximio pastor de esta Iglesia, Sergio Obeso Rivera. Acuérdate, Señor, sobre todo de la Virgen de Guadalupe, nuestra Madre que engendró a este pueblo y lo sigue levantando y llenando de vida en los momentos de aflicción. Por los méritos de todos tus santos y santas y por tu infinita misericordia, socorre a tu pueblo y líbralo de todos los peligros.