Arquidiócesis de Xalapa

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La presencia de Cristo en el mundo

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P. Artemio Domínguez Ruiz

La Ascensión del Señor quiere enseñarnos que si bien Cristo sube al Padre, al mismo tiempo se adentra a lo más profundo de la vida. Porque Dios está inmerso en la realidad. Por lo tanto, ya no lo veremos como lo vieron los apóstoles, ahora tenemos que aprender a vivenciarlo con una nueva dinámica. La ascensión nos pone en la ruta, no de lo superficial, sino de lo profundo, que es en donde está el misterio y el sentido de la vida. Ahí es también donde está Cristo el Señor.

La Iglesia ha recogido de la Sagrada Escritura aquellos textos que muestran dónde podemos hallar a Jesús de modo primordial. Primero, reconoce que Dios está en las personas, tanto de modo singular «Dios habita en sus corazones» (Ef 3, 17); como de manera comunitaria «donde dos o más se reúnan en mi nombre, ahí estaré Yo» (Mt 18,20); y de un modo especial ha decidido quedarse en los más pequeños e insignificantes a los ojos del mundo «lo que hacen a uno de estos mis hermanos, a mí me lo hacen» (Mt 25, 39). Hay una identificación real entre el Señor y aquél que se abre para recibirlo en su ser. Es decir, el Señor Jesús permanece en nosotros y habita entre nosotros.

Por otra parte el Señor está en el camino. Los discípulos de Emaús experimentaron al Señor en medio de un camino que estaba marcado por la decepción y la frustración. En la desesperanza, en el dolor y en el sufrimiento el Señor camina con su pueblo. Es una presencia discreta y misteriosa que consuela, que nos reaviva y nos hace sentir que no estamos solos en la vida (Cf. Lc 24, 13-25). Jesús camina con nosotros.

Cristo también está en el diálogo abierto, es decir en la oración. Los de Emaús experimentaron un encuentro con la persona y con la palabra. Hablaban y escuchaban. Daban y recibían. Y en ello advirtieron la sensación de haber tenido un amor que ardía en su ser, como no lo habían sentido nunca. Y dentro de este diálogo también se abre paso la Escritura, el recipiente del Logos, la Palabra. Ahí está manifestado el Señor. Quien se acerca a la Biblia se acerca al Señor. El texto dice: «Les explicaba las Escrituras», aquellas que tienen que ver con la persona del Hijo de Dios, pero también mostraba la historia que ha quedado escrita de cada discípulo cuya convergencia produce restauración y salvación. El Señor irrumpe en nuestra historia personal y la explica con nuevas luces de redención.

Finalmente, y no con ello menos importante, el Señor está en la fracción del pan, en la Eucaristía, que es el Sacramento culmen que da sentido y dirección a la vida de la Iglesia. Pero también en la fracción de todo pan que se parte y se comparte. El Señor nos ha dejado los sacramentos para encontrarnos con Él y para que Él manifieste su gracia en favor nuestro. En su celebración encontramos gracia sobre gracia.

Así, cuando nos preguntamos ¿dónde está Dios? la respuesta está más cerca de lo que creemos. El Señor no nos ha dejado huérfanos y abandonados. El Señor llegó y se quedó entre nosotros, con todo su ser y con todo su ardor. Él nos busca para quedarse con nosotros.