Arquidiócesis de Xalapa

Inicio  ›  Noticias

La transmisión de fe

Compartir

Lila Ortega Trápaga

«La familia cristiana transmite la fe cuando los padres enseñan a rezar a sus hijos y rezan con ellos» Benedicto XVI.

La situación se pinta propicia para alcanzar la santidad. En la guerra de los cristeros, los papás tuvieron que ofrendarse y ofrendar a sus hijos, todos morían en martirio, y san José Sánchez del Río, 14 años, exclamó que nunca había sido tan fácil ganarse el cielo. El Señor le recibió y la Iglesia peregrina le admira. Detrás de Joselito, como de la mayoría de los santos, se puede ver un amor y abandono aprendido de los padres, si no, al menos de uno de ellos.

El Cardenal don Sergio Obeso, EPD, siempre expresaba el amor de su madre a los sacramentos y así, como muchas vocaciones, surge una vocación amorosa a la Iglesia, de oración abundante y servicio humilde. Don Sergio siempre aconsejó a los padres que ellos instruyeran a sus hijos en los sacramentos, bajo la premisa del testimonio. «Lo que oímos y aprendimos, lo que nuestros padres nos contaron, no lo esconderemos a nuestros hijos, para que ellos puedan contarlo a los que vendrán: son las gestas gloriosas del Señor, su poder y sus prodigios. Él hizo Alianza con su pueblo, dio una Ley a los hijos de Israel» Salmo 78,3.

Al crearnos, Dios nos ha puesto un plan maravilloso, con la meta de la santidad, pues es la única forma de volver a Él para gozar de la vida eterna. Este plan está tan perfectamente diseñado, que cada uno de nosotros, al buscar la santidad, contribuimos al plan de salvación de la humanidad. Todos tenemos la misma meta, todos somos engranajes sin los cuales la humanidad no puede alcanzar la gloria. Y para lograr alcanzarla, fuimos dotados de dones, virtudes y carisma distintos de los demás, pues cada uno aporta de manera diferente para lograr constituir el cuerpo de Cristo.

Desde pequeños se manifiestan estas virtudes, y depende de los padres el desarrollo de la gracia del ser humano, y son los padres, sin duda alguna, quienes esconden o exaltan las virtudes, quienes enseñan a amar a Nuestro Señor o ridiculizan la fe y amor de los pequeños que brota de manera natural. Ensucian sus mentes poniendo a su alcance contenido que llena su alma y mente de todo lo que aleja de Dios: supersticiones, pecado disfrazado de pasatiempos, violencia, sexualidad mal manejada, pseudociencia, malas praxis.

Según la edad, los hijos necesitan aprender de los adultos a creer, confiar y practicar su fe. Encontramos desde el pequeño de 2 años persignándose un poco errado, pero convencido de lo que hace, niños a los 5 enamorados de Cristo, buscándolo en el Sacramento del altar, porque sus papás le han dicho que ahí está presente, y lo creen; pequeños de 8 o 9 anhelando recibir la comunión, deseosos de confesarse para "quedar más blancos que la nieve". Adolescentes que están preguntándose si Dios los llama a consagrarle su vida. Jóvenes que ante los sinsabores propios de la edad, se arrodillan ante el Santísimo, orando por su noviazgo, su carrera o su fe.

Si esto ha sido paulatino, tendremos hombres y mujeres de fe, plenos y convencidos que buscar a Dios es el camino correcto, y todo esto dará paz a nuestras naciones. Pero ¿cómo transmitir la fe a nuestros hijos? la única respuesta es viviendo la fe. Rezando, respetando, estudiando y viviendo en comunidad. «Crear un ambiente familiar animado por el amor y por la piedad hacia Dios y hacia los hombres» Gravissimum educationis