Arquidiócesis de Xalapa

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LA VERDADERA IGLESIA DE CRISTO

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Pbro. Roberto Reyes Anaya

La verdadera Iglesia se funda en Cristo. Como Hijo de Dios, llamó a sus apóstoles para para enviarlos y extender por medio de ellos la salvación a todas las gentes (LG8). De tal forma que la salvación en Cristo, como sacramento del Padre, es prolongada en la Iglesia como sacramento universal de salvación.

Jesucristo fundó una sola Iglesia a la que dotó de señales inconfundibles, visibles y fáciles de reconocer a fin de distinguirla de cualquier otra institución y de todas las falsas congregaciones que con el tiempo han surgido al lado de la verdadera. Estas estos rasgos esenciales sólo los encontramos en la Iglesia católica y ahora los enumeramos.

LA IGLESIA ES UNA debido a su origen, pues su modelo es la unidad entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (UR 2). La Iglesia es una debido a su Fundador que es Jesús (GS 78, 3) y debido a su "alma”, el Espíritu Santo que habita en los creyentes y gobierna a toda la Iglesia, realiza esa admirable comunión de fieles y une a todos en Cristo tan íntimamente que es el Principio de la unidad de la Iglesia" (UR 2; CIC 813).

Jesús prometió a Pedro que sobre él edificaría “su Iglesia” («edificaré mi Iglesia Mt. 16, 18), no sus Iglesias. Ruega a su Padre para que sus discípulos “sean uno” (Jn 17, 11ss). Expresa su deseo de que todos los hombres formen «un solo rebaño bajo un solo pastor» (Jn, 10, 16), y manifiesta que «Todo reino dividido sí mismo, será desolado» (Mt. 12, 25).

La unidad de la Iglesia peregrina está asegurada por vínculos visibles de comunión: la profesión de una misma fe recibida de los Apóstoles; la celebración común del culto divino, sobre todo de los sacramentos; y la sucesión apostólica por el sacramento del orden, que conserva la concordia fraterna de la familia de Dios (UR 2; LG 14).

LA IGLESIA ES SANTA. La santidad es propiedad característica y visible de la verdadera Iglesia, que necesariamente ha de manifestarse exteriormente en la santidad de su fundador (santidad de Dios) y de su fin (que todos sean santos), y principalmente por sus medios de santidad (sacramentos) y su eficacia para conseguirla. La Iglesia, unida a Cristo, está santificada por Él; por Él y en Él, ella también es hecha santificadora. Todas las obras de la Iglesia se esfuerzan en conseguir "la santificación de los hombres en Cristo y la glorificación de Dios" (SC 10). En la Iglesia es en donde está depositada "la plenitud total de los medios de salvación" (UR 3). Es en ella donde "conseguimos la santidad por la gracia de Dios" (LG 4; CIC 824).

Este rasgo de la Iglesia no responde a la suma de la santidad de todos sus miembros. “La Iglesia, en efecto, ya en la tierra se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta” (LG 48). En sus miembros, la santidad perfecta está todavía por alcanzar (LG 11; CIC 825).”

LA IGLESIA ES CATÓLICA porque Cristo la estableció para todos los pueblos y para todos los tiempos. La palabra "católica" significa "universal" y expresa cómo la Iglesia ha sido enviada por Cristo en misión a la totalidad del género humano (cf Mt 28, 19 “vayan y hagan discípulos a todas las naciones): «Todos los hombres están invitados al Pueblo de Dios. Por eso este pueblo, uno y único, ha de extenderse por todo el mundo a través de todos los siglos [...]. Gracias a este carácter de universalidad, la Iglesia Católica tiende siempre y eficazmente a reunir a la humanidad entera con todos sus valores bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su Espíritu» (LG 13; CIC 831).

LA IGLESIA ES APOSTÓLICA porque está fundada sobre los apóstoles. Fue y permanece edificada sobre "el fundamento de los Apóstoles" (Ef 2, 20; Hch 21, 14), testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo (cf. Mt 28, 16-20; LG 18).

La Iglesia es apostólica porque guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo (cf. Hch 2, 42), la enseñanza de los Apóstoles (cf 2 Tm 1, 13-14). Ella sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por ellos hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos (AG 5; CIC 857). Así, el Santo Padre es para toda la Iglesia sucesor de Pedro y vicario de Cristo; y cada obispo, en su diócesis, es un sucesor de los apóstoles. Esta apostolicidad nos habla de su continuidad a través de los siglos. Todos sus elementos esenciales proceden de Cristo a través de los Apóstoles, y están garantizados por una sucesión ininterrumpida hasta el fin de los tiempos.

Hagamos caso la invitación de San Agustín “amad a esta Iglesia, permaneced en esta Iglesia, sed vosotros esta Iglesia”.