Arquidiócesis de Xalapa

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Juan Pablo II, el Espíritu Santo y la Iglesia

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María Gabriela Hernández Cuevas

Juan Pablo II escribió una Carta Encíclica dedicada al Espíritu Santo, titulada “Dominum et Vivificantem” (Señor y Dador de Vida) sobre la presencia del Paráclito en la Iglesia y en el mundo. Fue publicada en la solemnidad de Pentecostés del año 1986, tan sólo a ocho años de su elección como Papa.

En diversos apartados de la carta, el pontífice enseña cómo la Iglesia es abrazada por el Espíritu Santo desde su inicio hasta la actualidad. Es este Espíritu el que le dio vida, la sostiene y la seguirá guiando por los siglos. Juan Pablo II puntualiza que la venida del Paráclito el día de Pentecostés, marca el momento en el que inicia la era de la Iglesia. En ese instante, el Espíritu deja de ser sólo para los apóstoles y se manifiesta con la misma fuerza a todos los que estaban fuera del cenáculo, tal como lo narra el libro de Hechos de los Apóstoles en el capítulo dos.

En nuestros días, menciona San Juan Pablo II, esta acción y deber de los apóstoles de llevar el Espíritu Santo, sigue efectuándose: “la gracia del Espíritu Santo, que los apóstoles dieron a sus colaboradores con la imposición de las manos, sigue siendo transmitida en la ordenación episcopal. Luego los Obispos, con el sacramento del Orden hacen partícipes de este don espiritual a los ministros sagrados y proveen a que, mediante el sacramento de la Confirmación, sean corroborados por él todos los renacidos por el agua y por el Espíritu; así, en cierto modo, se perpetúa en la Iglesia la gracia de Pentecostés”.

El Espíritu Santo no detiene su obra a la largo del tiempo, se ha encargado de permanecer en cada bautizado por medio de los Sacramentos, para que cada uno de sus hijos realicen la voluntad de Dios y cumpla el llamado misionero de llevar el Evangelio a cada rincón.

San Juan Pablo II, destaca puntualmente la acción de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad en la Iglesia:

1. La guía en la verdad

2. La unifica en comunión y ministerio

3. La provee y gobierna con dones jerárquicos y carismáticos

4. La embellece con sus frutos

5. La rejuvenece con la fuerza del Evangelio

6. La renueva incesantemente

7. La conduce a la unión con su Esposo que es Cristo

En esta Encíclica, el Papa quiere remarcar que como miembros del Cuerpo de Cristo, tenemos esa ayuda, ese abogado, guía e impulso para cumplir los deseos del Señor. “La Iglesia con su corazón, que abarca todos los corazones humanos, pide al Espíritu Santo la felicidad que sólo en Dios tiene su realización plena” expresa el pontífice, vivamos pues confiados en el Paráclito que viene a nosotros de manera incesante, nos alimenta, nos da vida, nos asiste, nos alegra y nos sostendrá para siempre.

Puedes consultar la Encíclica en el siguiente enlace http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_18051986_dominum-et-vivificantem.html