Arquidiócesis de Xalapa

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Jesucristo, sumo y eterno sacerdote

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P. Artemio Domínguez Ruiz

La fiesta de Jesucristo sumo y eterno sacerdote es una celebración relativamente reciente. Hunde sus raíces en España, a finales del siglo pasado. Se ha insertado en el calendario litúrgico, el jueves posterior a la fiesta de Pentecostés. Y ha sido asumida por muchos países que la han incorporado dentro del salterio propio como una importante celebración.

Su reciente inscripción en la liturgia no significa que la Iglesia no lo haya considerado antes dentro de su propia reflexión, ya que este aporte ha sido brindado por la primera comunidad cristiana, en la carta a los Hebreos (Cf. Heb 4-10). Ahí aparece por primera y única vez una especie de predicación sobre este aspecto sacerdotal de Jesucristo, nuestro Señor.

Llama la atención la diferencia que hace el autor de dicha Carta sobre el sacerdocio antiguo (el que vivía el pueblo de Israel) y el nuevo sacerdocio inaugurado en Cristo. El anterior estaba referido al templo, a la ofrenda y al altar. El sacerdocio nuevo, en cambio puso como paradigma el sacrificio perfecto de Cristo en la cruz, es decir una oblación de sí mismo a Dios y a los demás por amor.

Hay una riqueza enorme en este texto bíblico. A modo de síntesis se señala que Cristo es sacerdote porque es el mediador por excelencia entre Dios y los hombres. Él ha penetrado en los cielos, ya que el altar es su trono de donde mana gracia, misericordia y el socorro oportuno para quien lo solicita. Es sacerdote también porque ofrece continuamente oraciones y súplicas en favor de los suyos y es capaz de acceder a los bienes definitivos que brindan salvación a perpetuidad. Es sacerdote, pero no ha ofrecido un sacrificio que implicara derramar la sangre ajena, sino que quiso entregarse y donarse a sí mismo como víctima de salvación. Con ello demostró, a través del sufrimiento, la entrega total de todo su ser. Es un sacerdote fiel que se muestra compasivo y misericordioso ante las debilidades, puesto que él mismo ha sido sometido a la prueba y al sufrimiento. En fin, es sumo sacerdote, porque ha sido totalmente consagrado al Padre por amor, y al proyecto del Reino de Dios, instaurado entre nosotros.

De este modo, la Iglesia ha considerado al sacerdocio como un elemento esencial en la vida del cristiano. Cabe mencionar que esta dimensión sacerdotal de la fe no ha sido reservada a unos cuantos. El pueblo de Dios, en general, recibe un tipo sacerdocio desde el día de su bautismo. Es el llamado sacerdocio común o bautismal. El otro sacerdocio es el de los obispos, presbíteros y diáconos y es un sacerdocio ministerial, es decir, es el de aquellos que han sido llamados a entregar la propia vida al servicio del nuevo altar que es Cristo y a su proyecto de salvación. Lo reciben quienes que se sienten movidos, desde la fe y la entrega, a actualizar el único sacrificio de Cristo en la cruz por medio de la celebración de la eucaristía y los demás sacramentos; los que han querido dedicar su vida al servicio de la evangelización.

Celebrar a Cristo sumo y eterno sacerdote nos lleva a la reconsideración del sacerdocio en su elemento más esencial. Con ello se quiere evitar su instrumentalización y reducción. El sacerdocio no se agota en lo cultual, más bien lo trasciende. Es una gracia que el Señor da desde que nos incorporamos a Él para que, con su ayuda, aprendamos a donar nuestra vida. En la eucaristía esto se vibra en plenitud, y desde ahí se nos envía a ser eucaristía para los demás. De tal manera que esa gracia nos mueve de nuestros quietismos estériles, nos saca de una vida autorreferenciada, narcisista y vacía y nos lleva a ser un don para los demás. Hoy, igual que siempre, podemos acercarnos con confianza a Cristo que es el sumo sacerdote lleno de misericordia y de bondad, de quien nos podemos fiar. Pero al mismo tiempo miramos en esa misma dirección sacerdotal y asumimos nuestro sacerdocio con Cristo sumo y eterno sacerdote, donando nuestra vida en sacrificio (hacer algo sagrado) por amor a Dios y a los demás.