Arquidiócesis de Xalapa

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La apostolicidad de la Iglesia Católica

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P. Roberto Reyes Anaya

Desde siempre hemos confesado que La Iglesia es apostólica, ésta es una de sus propiedades esenciales. «Apóstol» es una palabra griega que significa «mandado», «enviado». Apostolicidad significa cualidad que vincula con los Apóstoles. Alude al rasgo de la Iglesia de ser ella, y sólo ella, la comunidad que desciende de los Apóstoles que Jesús eligió en vida, organizó y envió al mundo antes de su partida.

El fundamento apostólico de la Iglesia es, a la vez, histórico y espiritual. Es histórico en el sentido de que está constituido por un acto de Cristo durante su vida terrestre: el llamamiento de los Doce desde el principio del ministerio público de Jesús, su institución para representar al nuevo Israel y para ser asociados en forma cada vez más estrecha a su camino pascual que se consuma en la cruz y en la Resurrección (Mc 1, 17; 3, 14; Lc 22, 28; Jn 15, 16). La Resurrección no trastorna sino que confirma la estructura apostólica prepascual. Aquellos que Jesús se había asociado desde el comienzo de su ministerio y hasta el umbral de su Pascua pueden dar público testimonio de que es ese mismo Jesús quien ha resucitado (Jn 15, 27).

Este fundamento no es sólo histórico, sino también espiritual. La Pascua de Cristo, anticipada en la Cena, instituye el pueblo de la Nueva Alianza y envuelve toda la historia humana. La misión confiada a los primeros testigos, no puede restringirse al tiempo de su vida. De la Eucaristía, la Tradición afirma que por la participación de los Apóstoles en la última Cena les fue conferido el poder de presidir la celebración eucarística. De este modo, el ministerio apostólico es una institución escatológica. Su origen espiritual se transparenta en la oración de Cristo, inspirada por el Espíritu Santo, en la que Cristo discierne y hace el llamado de sus apóstoles (Lc 6, 12-16). Posteriormente, estos apóstoles recibirán al Espíritu Santo, después de la Pascua (Jn 20, 22; Lc 24, 44-49), quien les recordará todo lo que dijo Jesús (Jn 14, 26) y los introduce a una comprensión más profunda de su misterio (Jn 16, 13-15).

De tal manera, que la apostolicidad de la Iglesia, puede tener tres significados. En primer lugar, la Iglesia es apostólica porque está edificada sobre el cimiento de los Apóstoles (Ef 2, 20; Hch 21, 14), testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo (cf. Mt 28, 16-20; LG 18).

En segundo lugar, la Iglesia es apostólica porque guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo (cf. Hch 2, 42), la enseñanza de los Apóstoles (cf 2 Tm 1, 13-14). Ella sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por ellos hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos (AG 5; CIC 857). Así, el Santo Padre es para toda la Iglesia sucesor de Pedro y vicario de Cristo; y cada obispo, en su diócesis, es un sucesor de los apóstoles. Esta apostolicidad nos habla de su continuidad a través de los siglos. Todos sus elementos esenciales proceden de Cristo a través de los Apóstoles, y están garantizados por una sucesión ininterrumpida hasta el fin de los tiempos.

Y, en tercer lugar, la Iglesia es apostólica porque en ella pervive el mandato misionero que el Señor confió a sus Apóstoles. La Iglesia continúa en la historia la tarea de llevar el Evangelio a todo el mundo. La Iglesia es un cuerpo moral, que posee la misión confiada por Jesucristo a los Apóstoles y que se transmite a través de ellos y sus sucesores legítimos en una cadena ininterrumpida de los representantes actuales de Cristo sobre la tierra (Papa, Obispos, etc).

Entre los diversos grupos denominados cristianos, sólo la Iglesia católica, que está unida al Papa, tiene propia y estrictamente la apostolicidad. Las demás se la atribuyen y poseen algunos rasgos y riquezas de ella; pero no tienen la plenitud y la autenticidad, que no puede estar al mismo tiempo en todas ellas y del mismo modo. Sólo la Iglesia católica es la verdadera Iglesia fundada por Cristo. Sólo ella es la descendiente de la comunidad apostólica que a Cristo siguió.