Arquidiócesis de Xalapa

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Las defensas del cuerpo y del alma

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María Marisela Parissi Zamora

“Tenemos que acostumbrarnos a vivir con este virus” es una frase que comenzamos a escuchar y que nos puede provocar miedo e incertidumbre; y es que, efectivamente, la vida y las actividades tienen que seguir siempre con la prudencia y empatía debida.

Paso a paso nos reintegraremos al día a día, no obstante, la mayoría seguimos en un confinamiento total o parcial. Ya sea, en casa o al retomar la nueva normalidad, debemos priorizar lo más importante: nuestra salud, ese estado de bienestar integral que abarca cuerpo y mente.

Hemos escuchado y leído que para enfrentar al COVID19 sólo queda apelar a tener un mejor sistema inmune; pues enfrentarse a este virus y salir avante depende del estado en el que se encuentren nuestras defensas. Por tanto, la comunidad medica recomienda llevar una vida saludable.

Es indispensable recordar la célebre frase de Hipócrates: “Que tu alimento sea tu medicina y que tu medicina sea tu alimento”. Asimismo, según diversas instituciones de salud, la dieta ideal debe cumplir los siguientes requisitos: completa, suficiente, variada, adecuada, inocua y equilibrada.

Hoy más que nunca el ejercicio es primordial no sólo cuando se necesita perder peso; en él, encontramos múltiples beneficios: fortalecimiento de las defensas, producción de endorfinas, aumento de la fuerza, disminución de la depresión y el estrés, mejor digestión y respiración, entre otros. Todo esto según especialistas en salud.

Tampoco debemos olvidar dormir las horas adecuadas y evitar los desvelos, que no permiten una buena desintoxicación del cuerpo. No está de más, consumir algunas vitaminas recetadas por nuestro médico.

Esta pandemia representa una crisis, y toda crisis representa una oportunidad; este virus nos está haciendo un llamado a revisar nuestro estado de salud y la manera en la que procuramos y amamos lo más importante que tenemos: nuestro cuerpo.

Pero más allá de la salud corporal, está la salud mental y emocional. Es necesario aprender a reconocer nuestras emociones, trabajar en las características de nuestra personalidad; y si sentimos que no podemos afrontar algunas situaciones, buscar ayuda profesional.

Además de todos estos aspectos que engloban la salud; existe la salud del alma, ese estado de paz en el espíritu. ¿Dónde se encuentran las defensas para la salud espiritual? En la oración constante y el mensaje de la palabra de Dios. Esas palabras que se han revelado a la gente sencilla, como narra San Mateo en su Evangelio de este domingo.

En este mismo pasaje (Mt 11, 25-30), Jesús nos recuerda que él da alivio ante las situaciones que representan una carga que fatiga y agobia. Esta nueva enfermedad y muchas otras representan, para algunos, un peso que cansa y hace caer en el desanimo de vivir.

Batallar con una enfermedad es doloroso y puede llevar a momentos de desesperación y angustia, incluso de reproche hacía Dios. Eso sucede cuando nos olvidamos de que Cristo nos invita a encontrar descanso en él y nos dice que de su mano la carga se hace más suave.

Ofrecer a Dios nuestra penas y dolores, sólo se logra con mansedumbre y humildad. Al darle a Dios nuestras enfermedades el sufrimiento se hace más llevadero; nos recargamos de esperanza de recuperar la salud o de fortaleza para aprender a vivir sin ella.

Roguemos a Dios para que en él encontremos la mejor medicina, que sus palabras sean las defensas contra las tentaciones que nos impiden ver con fe y que la oración sea nuestro constante ejercicio.