Arquidiócesis de Xalapa

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Lo que roba lo sembrado

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María Gabriela Hernández Cuevas

Jesús desea que la Palabra del Reino sane la vida de quien la escucha, reconforte el corazón, convierta a la persona y le permita comprender la verdad. Esto no siempre es posible, debido a la disposición con la que escuchamos la voz del Señor. La parábola del sembrador narra cómo la semilla puede caer en diferentes sitios y dependiendo de las circunstancias es el paradero de lo sembrado (Mateo 13, 3-8). Conforme a la enseñanza de Jesús, podemos conocer las razones por las que la Palabra de Dios no da fruto en nuestras vidas.

La primera es no comprender lo que nos dice, ya sea por no pedir la ayuda del Espíritu Santo para que nos revele las Escrituras o porque por voluntad propia cerramos nuestros ojos y oídos con tal de no ver y escuchar algo que pueda transformarnos o disgustarnos. Así al ignorar su voz, damos oportunidad a que el Maligno robe lo que Dios dejó en el corazón.

La segunda es la inconstancia en el caminar de Dios y en el cumplimiento de su voluntad. Puede ser que aceptamos alegremente la voz del Señor, acogemos su mensaje, pero al ser inconstantes en nuestra relación con Él y no trabajar en la conversión, la Palabra no echa raíces. Cuando la tribulación y la persecución tocan a la puerta, nos confundimos, huimos, nos da miedo defender nuestra fe, nos desanimamos y tomamos el camino fácil.

La tercera son las preocupaciones y seducciones del mundo. Escuchamos la Palabra de Dios, la aceptamos, la intentamos vivir, pero nos afanamos más en las propuestas del mundo. El tener lo que nos complace, aferrarnos a la riqueza, a los bienes materiales, a nuestros proyectos, a nuestra manera de ver el mundo sin preguntarle a Dios cómo lo ve, nos aleja silenciosamente de su voluntad. También, permitimos que la angustia esté sobre la fe, y el pecado sobre el dominio de sí, dejándonos llevar por las seducciones de la vanidad, la avaricia, la lujuria, la comodidad y así la semilla se ahoga.

San Pablo en su carta a los Gálatas, describe más estas seducciones del mundo que son frutos de la carne, consecuencia de dejarnos conducir por las propuestas del Demonio. “Se sabe muy bien cuáles son las obras de la carne: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría y superstición, enemistades y peleas, rivalidades y violencias, ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones y envidias, ebriedades y orgías, y todos los excesos de esta naturaleza. Les vuelvo a repetir que los que hacen estas cosas no poseerán el Reino de Dios” (Gálatas 5, 19-21).

No caigamos en estos engaños, refugiémonos en el poder de Dios por medio de su Espíritu Santo. Que sea Él quien renueve nuestros corazones y sean tierra fértil, en donde la Palabra de Dios dé fruto. Abramos los oídos, los ojos y el corazón para que el Señor nos hable, nos convierta y nos sane con su Palabra y a pesar de la dificultad seamos fieles. Ya nos dice San Pablo en la Carta a los Romanos 8, 38-39: “Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor”. Que su amor cuide la semilla sembrada y nos permita actuar según su Palabra.