No podemos ser impacientes, cuando Dios nos ha tenido mucha paciencia
Pbro. José Juan Sánchez Jácome
Me encontré por la vida con ese Dios misericordioso que anuncia Jesús. Antes que comenzara a conocerlo por medio de su palabra salió a mi encuentro, especialmente cuando menos lo merecía. Yo soy el que necesitaba a Dios, el que había estado lejos de Él, el que lo había ofendido y a pesar de esto el Todopoderoso se portó misericordioso conmigo.
Pude reconocer toda la paciencia que el Señor tuvo conmigo y su amor incondicional que no me retiró incluso cuando más me alejaba de Él y me obstinaba en mis errores. Ahora puedo ver en retrospectiva que nunca dejó de creer en mí, que nunca permitió que la cizaña que crecía en mi corazón impidiera ver el trigo y la buena semilla que Él sembró en mi alma.
En el momento más miserable de nuestra vida cuando nos dejamos gobernar por el mal, Dios no deja de contemplar la bondad apacible y prometedora de esa buena semilla que sigue creciendo y viéndose hermosa, a pesar de la presencia de la cizaña.
Cuánto bien nos hace recordar la bondad de Dios y su especial misericordia al esperarnos tanto tiempo, al aguantar tantos desprecios de nuestra parte, al perdonar nuestro orgullo y arrogancia cuando lo despreciamos y nos alejamos de Él. Su amor hizo posible esa espera, su misericordia explica la gracia del perdón, su paciencia hizo posible que nos recuperáramos y regresáramos al camino del bien.
Sin merecerlo, porque vivíamos en el error y en el pecado, fuimos tratados de manera tan especial. Creo que esto, además de llevarnos a la alabanza, también debe convertirse en una actitud para entender y luchar contra el mal que está a nuestro alrededor.
Precisamente en estos momentos vivimos con mucha desilusión y cansancio ante el mal que hay en el mundo. Es abrumadora la manera como el mal condiciona la vida del ser humano. Estamos siendo sacudidos por una ola de maldad que provoca cansancio, sufrimiento, miedo y desesperación. Pasan los días y no cambia el panorama de muerte, asesinatos, robos, injusticias y corrupción.
El sufrimiento, la enfermedad y la muerte que la pandemia está provocando se vino a sumar a este ambiente de desilusión y desgaste por los brotes de maldad que hay en nuestra sociedad. Leibniz clasificó el mal en tres tipos: físico, moral y metafísico, pero ahora parece que el mal brota por todas partes y no se deja clasificar y limitar por la filosofía.
Ante la constatación del mal que hay a nuestro alrededor, tenemos que creer que el bien siempre triunfa sobre el mal porque Dios está con nosotros y jamás se desentiende de su creación. El hecho de que nosotros, que en otro tiempo estábamos equivocados, ahora estemos luchando en el camino del bien, confirma que el bien siempre se impone.
Por eso siempre preguntamos: ¿dónde está Dios? ¿por qué el mal en el mundo? Porque hemos sido fundados en el bien y lo primero es la experiencia de bondad y amor que hay en nuestro corazón.
Por otra parte, tenemos que seguir luchando contra el mal que hay a nuestro alrededor. No basta con hacer el bien sino luchar contra el mal en todas sus expresiones. Pero cuando nos cansemos en esta lucha y cuando nos desilusionen los resultados, recordemos la manera como Dios nos rescató para el camino del bien. El amor y la paciencia divina fueron fundamentales para que nosotros regresáramos a Dios.
No podemos desesperar de los demás, cuando Dios nunca se desesperó con nosotros. No podemos ser impacientes con nuestros semejantes, si Dios tuvo mucha paciencia con nosotros. Sólo el amor, la bondad y la paciencia pueden hacer cambiar a las personas, no la intransigencia e intolerancia que muchas veces tendemos a practicar.
Decía San Agustín: «Primero muchos son cizaña y luego se convierten en grano bueno. Si éstos, cuando son malos, no fueran tolerados con paciencia, no lograrían el laudable cambio». Y agregaba: «Quien es trigo, persevere hasta la siega; los que son cizaña, háganse trigo… En la agricultura, la espiga es espiga y la cizaña es cizaña; en el campo del Señor, la Iglesia, a veces lo que era trigo se hace cizaña y lo que era cizaña se convierte en trigo».
Dios nunca se cansó de nosotros y luchó hasta el final, a pesar de nosotros mismos. No perdamos la esperanza en el cambio de los demás, como decía San Agustín: “Los malos existen en este mundo o para que se conviertan o para que por ellos los buenos ejerciten la paciencia”.
Cuando queramos que el Todopoderoso venga a poner orden ante tanta maldad que hay a nuestro alrededor, recordemos que su poder es la misericordia, la cual transforma hasta los corazones más obstinados.