LA DEBILIDAD DEL HOMBRE SE FORTALECE CON EL SEÑOR
Pbro. David Larios Soto
Comenzamos refiriéndonos a un dicho sabio: “después de la tempestad viene la calma”. En efecto, la vida está marcada por momentos difíciles que llaman nuestra atención, nos impresionan y nos espantan, pero después de todo, son situaciones que van pasando, además de que, regularmente, hay personas que nos ayudan a salir adelante. Así les sucedió a los discípulos del Señor en el evangelio de este domingo, los cuales experimentaron la fuerza del viento que les era contario, así como sentir la inseguridad por el hecho de estar en la barca zarandeada por el viento lejos de la seguridad que les daría estar en la tierra. A esto le añadimos el espanto que les produjo el pensar que por la mañana se aproximaba a ellos un fantasma caminando sobre el agua. Para completar la escena, en esos momentos el Señor no se encontraba con ellos… eso era realmente lo más difícil: sentir la angustia y el terror precisamente ahora que Jesús los había dejado solos para retirarse a orar. La calma les vendrá hasta el momento en que Jesús les dice quién es y cuando le tiende la mano a Pedro para sacarlo de su hundimiento cuestionando su poca fe.
Qué experiencia tan fuerte y tan especial ver cómo Jesús calma a los discípulos diciéndoles “Soy Yo”, es decir, es Dios quien está con ellos; el único que puede dominar la impetuosidad del mar (símbolo también de la acción del mal y del miedo) caminando sobre éste. Por otro lado, el darle la mano a Pedro se trata de un gesto, no sólo del poder creador de Dios, sino especialmente, nos muestra su compasión y misericordia al no dejarlos perder en la fuerza terrible de los vientos contrarios, esto es, de todo aquello que les hacía experimentar la imposibilidad de salvar sus vidas. La mano del Señor siempre pronta para rescatar al hombre y ponerlo a salvo frente a él, libres de perderse en el abismo de la tentación, de los problemas de la vida y de todas las situaciones personales. ¡Qué mejor calma el saber que Dios mismo, nuestro Creador y Salvador está ahí para rescatarnos! Nos queda claro que a eso ha venido Jesús, precisamente para darle tranquilidad y seguridad al hombre, el cual normalmente experimenta el miedo y la angustia que lo llevan a pensar incluso en la muerte que está a la puerta.
Se trata de un mensaje muy acorde para los tiempos actuales en que los problemas de salud, sociales, económicos, familiares, personales, etc., parece que nos llenan de terror y nos hunden. Como en otras ocasiones podríamos pensar y preguntarnos ¿qué debemos hacer? ¿a quién creer? ¿dónde está Dios? O dar gritos desesperados ante un panorama de tristeza. Hoy nuevamente a todos los cristianos y a todos los hombres que crean en algún poder superior nos dice: tranquilos, “aquí estoy” “Soy Yo”, pero junto con esto también nos dice: “hombres de poca fe”. Así es, nuestra fe tiene que aumentar y fortalecerse necesariamente para seguir la voz de Dios que nos hace fuertes en medio de nuestra fragilidad, de manera que incluso podamos hacer frente a la acción del mal. El estar con el Señor no es sólo un pasatiempo, sino una verdadera experiencia de salvación. Por eso tenemos que aprender más de su vida, llenarnos de su Palabra y de sus Sacramentos, crecer en las virtudes teologales, confiar más en la acción de su gracia, ser más humildes para reconocer nuestros errores y perseverar constantemente en la vida de santidad. Nunca dudemos de la acción eficaz del Señor; él está muy atento a nuestra voz que le dice ¡sálvanos! SEÑOR DANOS LA GRACIA DE NUNCA DUDAR DE TU PRESENCIA Y DE TODO LO QUE HAZ HECHO POR NOSOTROS PARA SER HOMBRES FUERTES Y CON UNA FE FIRME PARA VENCER TODA CLASE DE PRUEBAS.