Nueva misión, nuevo nombre. Testimonio de Sour Benedetta
María Gabriela Hernández Cuevas
El cambio de nombre en algunas personas como parte de la voluntad de Dios, tiene su origen en el Antiguo Testamento. Podemos ver que el Señor pone un nuevo nombre a Jacob, llamándole Israel, a Abrám por Abraham y a Saraí por Sarah. También en el Nuevo Testamento, Jesús cambia el nombre a Simón, llamándole Pedro. Pero no es sin sentido alguno, sino que cada cambio está relacionado fuertemente con la nueva misión que Dios les encomienda y que implica un cambio de vida. Es un signo de dejar a atrás al viejo “yo” para asumir el envío de Dios.
Hoy en día sigue realizándose esta práctica en especial en los Papas y en algunas órdenes religiosas, en las que, al asumir esta nueva invitación de Dios a seguirle en la vida consagrada, eligen un nombre nuevo. En el caso de los Papas, eligen un nombre para honrar a algún predecesor o alguno nuevo que marca el sello que desean dar a su pontificado.
En el caso de la vida religiosa, es de resaltar el testimonio de Sour María Benedetta, de la Orden Benedictina, originaria de Xalapa, Ver., quien nos compartió acerca de lo que ha significado el cambio de nombre en su vida. Afirmó que “el cambio de nombre tiene su fundamento teológico y bíblico pues la bendición de Dios está en la nueva misión que encomienda a sus elegidos”. Respecto a su testimonio expresó:
“Mi nombre de bautizo es Guadalupe Araceli. Mi mamá me había escogido sólo el nombre de Araceli del latín ‘Altar del cielo’. Pero como no podía nacer y estábamos en riesgo de vida las dos, mi mamá adentro y mi papá afuera, independientemente hicieron un voto a la Virgen de Guadalupe: si nace la llamaremos Guadalupe. Por eso al nacer me bautizaron con el nombre de Guadalupe Araceli que sin pensarlo tiene un hermoso significado: Guadalupe significa Ríos de Amor o Mujer que aplasta la cabeza de la serpiente desde el Altar del Cielo. Así el nombre aparte de ser una promesa se convirtió en una profecía”.
Añadió que, al entrar al monasterio ubicado en Italia, la Madre Raffaella, abadesa, desconocía el significado de la historia de su nombre. Pero ella pensó que era necesario que en el monasterio alguien llevara el nombre del fundador y durante 30 años no habían tenido una vocación para darle ese honorable nombre.
“Después de un camino de fe llegó el día de nuestra Profesión. Entonces al momento de la Consagración la Madre Abbadessa (en nombre de Cristo) dice estas palabras: De ahora en adelante te llamarás Suor María Benedetta. Todas llevamos el nombre de María que significa Amada y en honor a la nuestra Madre celestial la Virgen María. Y Benedetta aparte de ser el nombre de nuestro fundador y padre de toda la vida monástica occidental significa Bendecido, es decir, Dios dice bien de ti o que te desea todo bien”.
La hermana Benedetta relacionó este importante acontecimiento con el momento en el que pertenecía al Movimiento de Cursillos de Cristiandad. Compartió que el encargado era Padre Urbano, al hacerle saber su deseo de entrar a la Orden Benedictina, el sacerdote pidió a todos que le impusieran las manos y la bendijeran. “Desde mis parientes, amigos y hasta desconocidos me dieron su bendición antes de irme a Italia. Cuando recibí este nombre se cumplió esta promesa que es también una profecía. Promesa de todos aquellos que en nombre de Dios me desearon todo bien y profecía porque soy Bendecida por Dios para toda la eternidad. Pues mi nombre también lleva mi misión: la de bendecir y alabar a Dios, por todo lo que recibimos de Él, a nombre de toda su Iglesia, siendo una con ella, ¡todos los días de mi vida!”.
A través del testimonio de Sour Benedetta podemos ver palpable por qué algunas ocasiones Dios decide otorgar un nuevo nombre. Que el Señor nos permita en oración conocerlo más a él, así en esa relación encontrarnos a nosotros mismos y nuestra misión.