Arquidiócesis de Xalapa

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El pecado social: ¿dónde está tu hermano?

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Pbro. Nabor Antonio Ceballos 

El hombre vive en sociedad con otros hombres para alcanzar a cubrir las necesidades que él solo no podría satisfacer. Por eso se dice que el hombre es social por naturaleza. Esta asociación se da gracias a la búsqueda de los distintos bienes que se requieren para que la vida humana se torne más humana y lo más satisfactoriamente posible. Esta asociación se da gracias a un complejo pero necesario ejercicio de la libertad. Por ende son indispensables ciertos límites para no trasgredir la dignidad ni la libertad de los otros. Mi libertad termina donde comienza la libertad del otro. O por lógica, el todo es mayor que la parte. En este caso el todo es la sociedad y la parte el individuo. Aprender a vivir en sociedad equivaldría a aprender a vivir que primero es el bien común de todos y luego mi bien particular. Vivir en sociedad no es nada fácil.

Siempre entrarán en pugna nuestros deseos, nuestros gustos con los de los demás. Esta es la realidad humana: individual y a la vez comunitaria o social.

Cuando un individuo solo piensa en sí mismo, sin importarle el resto con quienes convive decimos que se comporta de manera asocial. O sea en contra de la sociedad; antepone sus derechos y necesidades a los de la sociedad en su conjunto; Esto es lo que llamamos anarquismo una vida sin ninguna ley, que la de la selva; y donde más que humanos bien podríamos decir que parecemos animales. Un comportamiento así, termina por lacerar y dañar el débil tejido social donde todos trabajamos por todos. Y donde la búsqueda del bien común se impone al bien individual.

 Hablando de nuestra fe católica, nosotros afirmamos que todo comportamiento individual que trasgrede la ley divina es un pecado. Y la realidad del pecado daña no solo nuestra relación con Dios, sino con el hombre mismo, sus semejantes; inclusive la naturaleza (Gen 2). El drama más acuciante del pecado es que nos impide desarrollar y alcanzar nuevos niveles de vida humana, de la vida nueva que nos ha granjeado Jesucristo con su muerte y resurrección.

Si esto lo trasladamos a la vida en comunidad o social. Quiere decir, que cuando nosotros nos comportamos egoístamente sin pensar en el daño o las consecuencias negativas que pueden acarrear a otros nuestros actos cometemos un pecado social; en contra de la sociedad. Si bien; el pecado que siempre es individual tiene consecuencias sociales; y si a esto le agregamos que igualmente se comporten otros tantos más; bien podríamos decir que existe una comunión en el pecado y en el mal (un misterio de iniquidad); que impide que un individuo o muchos no estén alcanzado los bienes necesarios para su vida o alcancen nuevos niveles de vida y dignidad. Eso es el pecado social.

La discriminación, la pobreza, la marginación, la destrucción de la casa común o naturaleza son auténticos pecados sociales. Además, porque si no estamos siendo parte la solución. Muy probablemente estamos siendo parte del problema. Y lo peor de todo, es que el pecado social no se cuenta solo como un acto pasajero o un buen número de actos que no van a alterar la libre y sana marcha de la vida; el pecado social tiene el enorme poder de volverse sintomático de la sociedad, se puede volver parte del modus vivendi o del sistemático social y político en que vivimos. Erradicarlo cuesta mucho trabajo y cada vez va tomando nuevas modalidades que incluso afecta a los más jóvenes. Como el bullying. O proporciones estratosféricas, como los robos cibernéticos o el terrorismo virtual. Causa desplazamientos humanos con consecuencias inimaginables; como la migración forzada y un largo etc.

Debemos por tanto tomarnos en serio la pregunta que Dios hizo a Caín ¿Dónde está tu hermano? Si tenemos conciencia y sabemos tocarnos el corazón o no para responder sinceramente esta pregunta, sabremos si estamos incurriendo o no, en algún pecado social.