El siete en la Biblia es más, muchísimo más, que un número
Pbro. Joaquín Dauzón Montero
En el Génesis, concretamente en la creación, Dios hizo el cielo y la tierra en seis días, lo sabemos y en cada intervención diaria dice el texto: “y atardeció y amaneció el primero, el segundo, hasta el sexto”. Si nos damos cuenta la creación está marcada, desde su inicio, por la espacialidad y la temporalidad, tiene principio y tiene fin, y esto quiere decir, que es imperfecta. El seis, se puede decir, entonces, es un número imperfecto, así se le añada en sucesión otro seis, aumentaría su imperfección. En cambio el séptimo día está fuera de la espacialidad y la temporalidad, no atardeció ni amaneció, es un día sin principio y sin fin; el siete, entonces, es lo contrario del seis, es un número, digamos así, casi perfecto por no decir perfecto, porque perfecto es Dios y Dios no es un número. En este sentido el seis, como la creación entera, incluido el hombre, necesita del siete para ser, para existir, para crecer hasta la estatura para la que fue creado. Podemos decir, también, que el seis es símbolo de la imperfección y el siete es símbolo de lo espiritual, de lo celestial y de lo divino.
Me van a preguntar: ¿por qué todo esto? Bueno, es que Pedro, en el texto del evangelio que este domingo meditamos, pregunta a Jesús : “¿Cuántas veces tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Y Jesús contesta como jugando con el número: ¿Hasta setenta veces siete”. Si el seis es imperfecto, aunque se le añadan otros seis más, ya vimos, sólo aumenta su imperfección, el siete que es símbolo de lo espiritual, celestial y divino, cuánto más se repite, aumenta la posibilidad de alcanzar la dimensión espiritual y divina, que debemos buscar. El seis siempre necesitará que el siete se le haga encontradizo, para existir.
En este sentido perdonar, que es un atributo de la misericordia divina, sin saltarse un día, es hacer posible el salto de lo imperfecto, lo material y humano, a lo celestial, espiritual y divino, e irse asemejando a su Creador, como única posibilidad de ser perfectos como el Padre celestial es perfecto, como enseña Jesús. Ahora podemos hacernos cargo de la parábola contada por Jesús, para ilustrar lo que acaba de enseñarle a Pedro y que todo mundo debiera tener en cuenta: hay una relación, digamos perfecta, entre el rey y su siervo, y una relación imperfecta entre el siervo y su semejante. Hay también, un marcado contraste entre la actitud misericordiosa y justa del rey, y la actitud abiertamente inmisericorde e injusta del siervo perdonado; hay, además, una desproporción escandalosa entre la suma imposible de pagar del primero de los siervos y la ridícula suma de la deuda de su semejante.
La deuda que tenemos con Dios es tan grande que, con sólo un pecado de esos que separan radicalmente de Dios, jamás la podemos pagar, y si esa deuda puede ser perdonada, es por la infinita misericordia de Dios que nos ama en su Hijo amado. Setenta veces siete, es la suma ininterrumpida del perdón que debe realizar el ofendido, como veíamos hace ocho días, para mostrar al ofensor la disposición de resarcir una ofensa que pudo dividir a la comunidad.
Nos conviene, entonces, dejar de darle tanta importancia lo terreno, espacial y temporal y entre nosotros visceral, simbolizado por el seis de la creación caduca y perecedera, para sumar y sumar en lo celestial y divino, simbolizado por el siete del día del descanso, perdonando la suma miserable de quien creemos nos ha ofendido, cosa que nos permitiría descansar.