Arquidiócesis de Xalapa

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El primer mandamiento de la Iglesia

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María Gabriela Hernández Cuevas

En la edición pasada del Semanario Alégrate, comenzamos a meditar los mandamientos de la Iglesia, siendo una serie de acciones que se nos invita a realizar para que logremos amar más a Dios y cumplir su voluntad. El primer mandamiento se trata de un regalo hermoso: la invitación de Jesús a su banquete. El Catecismo de la Iglesia católica lo enuncia de esta manera:

“Oír misa entera los domingos y demás fiestas de precepto y no realizar trabajos serviles”

La Iglesia nos exige asistir como mínimo a la misa completa los domingos, es decir acudir desde la bendición inicial hasta la bendición final, escuchando la Palabra de Dios y participando de la liturgia. Pues el domingo es el día en que celebramos la Resurrección del Señor, es la jornada que debemos destinar para darle gloria y agradecerle todo el bien recibido. Aunque la Iglesia no lo obliga, como católicos estamos invitados a también acudir entre semana a la Eucaristía, pues realmente somos nosotros los beneficiados al participar del Cuerpo y Sangre del Señor. Escuchar su Palabra todos los días sin duda dará frutos en nuestros corazones.

Respecto a las fiestas de precepto, se refiere a aquellas “fiestas litúrgicas principales en honor de los misterios del Señor, de la Santísima Virgen María y de los santos” (CEC, 2042). La Conferencia del Episcopado Mexicano señala que las Misas de precepto, es decir a las que se nos obliga a asistir aparte de todos los domingos son:

La solemnidad de Santa María, Madre de Dios (01 de enero), la solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe (12 de diciembre), la solemnidad de la Natividad del Señor (25 de diciembre) y la solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor (Corpus Christi) (jueves posterior a la solemnidad de la Santísima Trinidad).

Además, la Iglesia nos indica que los domingos y las fiestas de precepto son días de guardar, es decir “descansando de aquellos trabajos y ocupaciones que puedan impedir esa santificación de esos días” (CEC, 2042). En este día se nos invita a pasar tiempo con la familia, a descansar, a orar y a convivir dando gloria a Dios.

Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude para experimentar esto no como un mandado u obligación, sino como un llamado y deseo por estar cerca del Señor en su presencia Eucarística.