Un encuentro que cambia la vida
María Gabriela Hernández Cuevas
Gran parte de los católicos hemos sido bautizados desde muy pequeños, incluso teniendo meses de haber nacido. En ese importante momento, el Espíritu Santo entra en nuestra vida para hacernos hijos de Dios, para hacernos parte de su pueblo consagrado y darnos la capacidad de que a nuestro tiempo podamos escuchar la Palabra del Señor y predicarla. El tiempo pasa, vamos creciendo y pareciera que este suceso queda en el olvido y en el peor de los casos con la experiencia de sólo “un papel”.
El Espíritu sigue dentro, aunque el ser humano se aleje de la fe, y este Paráclito, le recordará al hombre constantemente y de diferentes maneras que fue creado para amar, reverenciar y estar con Dios. En un punto de nuestra vida, Jesucristo se nos presenta y nos invita a conocerle como un amigo, nos atrae hacia él y desea que nuestra fe no se quede en una experiencia de nuestros padres, sino en una vivencia personal que encienda las gracias regaladas en el Bautizo.
Si decidimos responder favorablemente a esta invitación, se suscita el llamado “encuentro personal con Dios”. Es decir, que nosotros con nuestra inteligencia, razón, sentidos, afectos y cuerpo nos damos la oportunidad de conocer a quien vive dentro de nosotros, al que nos creó y busca nuestra felicidad. Ya no es una fe heredada o superficial, es una fe basada en el amor a una persona que es Cristo. Nuestra vida comienza a cambiar de forma positiva, nos abrimos más al perdón, al servicio, a la donación, a la oración y la vida sacramental con más entusiasmo y convicción.
Estamos invitados a revalorizar el Bautismo, a renovar nuestra fe, a que, si siendo bebés no pudimos ser conscientes de lo que sucedía, ahora tengamos la convicción de lo que Dios hizo en nosotros en aquel momento y para siempre. Aprovechemos la bendición de ser hijos de Dios, llamados a construir la Iglesia, llamados a evangelizar, llamados al amor. No esperemos más tiempo de nuestra vida, desde hoy podemos pedir al Espíritu Santo que se mueva en nuestro interior y alimente nuestra fe para conocer al Señor.