Arquidiócesis de Xalapa

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El amor de San Rafael

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María Gabriela Hernández Cuevas

Por las calles de Xalapa y de todo rincón del estado, caminó un obispo con la mirada puesta en el prójimo, un hombre de entereza espiritual y de una profunda calidez humana. Caminó un santo que no dudaba en arriesgar su vida con tal de llevar a su grey a los pies del Señor, un santo que no le importaba pasar incomodidades, comer poco, regalar sus bienes con tal de ofrecer sacrificios por el bien de los demás. Un hombre de perdón, un hombre que abrazó la misericordia.

Caminó un obispo de sotana rota, de pasos incansables, de amor al Seminario. Un hombre mariano, que intentó imitar las virtudes de la Madre de Dios en quien tenía su esperanza. Caminó por Veracruz el santo que llevaba a Cristo dentro, que enfrentó la persecución en su propia tierra, que no se dio por vencido y que hacía todo por atender a los hijos de Dios. El músico, el vendedor de baratijas que administraba los Sacramentos en secreto y visitaba a los enfermos llevándoles la máxima esperanza: Jesús.

San Rafael Guízar, el misionero, el que vivió el amor a Dios y también el amor al prójimo, el santo que supo ver en el otro a Cristo y que amó sin cansarse, sin fatigarse, sin vivir en el rencor ni en el miedo. El predicador, el hombre de palabras y de obras. El obispo de todos, el hombre que no pensaba sólo en sí mismo.

El obispo lastimado físicamente pero lleno de salud en su alma. El obispo que exclamó “Yo daría mi vida por la salvación de las almas” cuando ya lo estaba haciendo. Un hombre cercano, lleno de cariño que atendió los consejos evangélicos, que movió corazones, un santo que amó y sigue amando desde el Cielo. El obispo que amó con el amor de Dios. San Rafael Guízar Valencia, ¡ruega por nosotros!