Arquidiócesis de Xalapa

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La responsabilidad personal para la salvación

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Francisco Ontiveros Gutiérrez

Jesús es el Salvador

Ningún hombre puede darse a sí mismo la salvación. “El Verbo se encarnó para salvarnos, reconciliándonos con Dios” (cfr. CatIC 457). Tal ha sido el amor que Dios nos ha tenido que nos ha enviado a Jesucristo, su Hijo, como propiciación por nuestros pecados (cfr. 1 Jn 4,10). El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo (1 Jn 4,14). Cada vez que profesamos el Credo afirmamos que, “por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo”. Dios quiere que todos los hombres nos salvemos, por eso ha enviado al mundo a Cristo, su Hijo, para salvarnos. La salvación se nos ofrece como un don.

Trabajen por su salvación

El apóstol Pablo nos ayuda para alcanzar una comprensión sobria de la realidad, pues si bien es cierto que la Salvación es un don de Dios, también es cierto que sin nosotros ni nuestra colaboración Dios no podría salvarnos, por eso invita a “trabajar con temor y temblor por la propia salvación” (cfr. Flp 2,12). Así pues, nosotros estamos llamados a la bienaventuranza, pero el pecado nos ha herido de tal manera que necesitamos la salvación de Dios, y es aquí en donde entra la colaboración del hombre. Se parece a un enfermo que va con el médico; él cumple con su parte indicándole los medicamentos y la dosis que le toca consumir: del paciente depende consumirlo y sanar o no consumirlo y, tal vez, empeorar.

Responsabilidad personal

Es contundente la afirmación de Agustín de Hipona cuando sostiene: “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, en ella nos ayuda a comprender que es imprescindible la responsabilidad personal en la propia salvación. El Padre nos ha dado, en el Hijo, la Nueva ley, por medio de la cual, iremos haciendo nuestra la salvación. ¿En qué consiste esa ley?, “la Ley nueva es ley de amor, ley de gracia, ley de libertad” (cfr. CatIC 1985). Así pues, comenzamos a hacer nuestra la salvación -con una fe adulta, de manera responsable, cristianamente enserio-, cuando vivimos en el amor, atentos a la gracia de Dios, en la dinámica de la liberación a la que Dios no deja de llamarnos.

Despiertos y atentos

Jesucristo ilustra con una genialidad sorprendente el hecho de estar listos para cuando ocurra su llegada, pues también en el Credo afirmamos que “de nuevo vendrá con gloria”. Estamos aguardando la llegada de nuestro Señor que viene a salvarnos. Por eso, parte de nuestra responsabilidad consiste en estar atentos, ardiendo. No se trata de llenarnos de temores infundados, el evangelio no tiene -jamás-, la intención de meternos miedo. Por el contrario, es una invitación a la confianza. Se trata de que cuando el Señor venga, nos encuentre ardiendo, como lámparas iluminando a nuestros hermanos, consumiéndonos, alumbrándonos mutuamente y con suficiente reserva de aceite.