Arquidiócesis de Xalapa

Inicio  ›  Noticias

Dignidad de la mujer, según san Juan Pablo II

Compartir

Lila Ortega Trápaga

Se habla de la mujer en estos tiempos como si la palabra se hubiera vuelto signo de lucha, adjetivo y no un nombre que define a una persona. El defender, empoderar y luchar volvió a las mujeres una bandera que algunos compran para conseguir triunfos ideológicos, otros para justificar determinados actos.

San Juan Pablo II escribió a la mujer, una carta dedicada a la dignidad, y la vocación de ser mujer, y expone el lugar correcto desde el concilio Vaticano II «Llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora. Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga».

No hay felicidad más grande que ser mujer en la Iglesia, y cuando lo reconocemos, nos encontramos con una altura tan grande, que podemos alejar el demonio de nuestro hogar. ¿cuál es la fórmula? Mirar a María. María, una mujer sencilla, que sin tener la mínima sospecha de que se le confiaría la encarnación de Dios hecho hombre, confiaba la espera del Señor, y al saberse depositaria, no exigió a cambio la vida cómoda, ni fácil.

María se puso al servicio de Dios, le educó, le ayudó a crecer en edad y sabiduría, aún teniendo en su corazón esa palabra a futuro que parecía sentencia «Una espada atravesará tu corazón».

No titubeó, nunca renegó, permaneció fiel esperando la gloria, aún cuando vio desangrarse a su Hijo, sufriendo cada gota en su alma, como espada que le desgarraba al mismo tiempo que su Hijo moría. La dignidad de la mujer es representar a la humanidad pero con la promesa del Señor guardada en su corazón. Si lo asumimos, no hay tentación que nos haga caer, no hay piedra de tropiezo, no hay demonio que se apodere de la familia.

La mujer es imagen y semejanza de Dios, creada por Él creador, con la misma dignidad que el hombre, con idéntica capacidad de amar y servir, y consagrarnos al Señor. Una mujer fue depositaria y llevó de la mano al Verbo hecho carne, una mujer le pidió que mostrara su poder, una mujer le reclamó que no estuviera a tiempo para que su amigo no muriera, otra le hizo la reflexión, y todas las mujeres que nos narra el Evangelio, provocan a Cristo a actuar, le responden y con ello dan pie a grandes obras.

Las mujeres en la Iglesia sirven, ayudan, unen y tienen la visión de la Iglesia, y cuando se les permite, conquistan almas para el Señor sin titubear, porque han enseñado a caminar, a hablar, han sido puentes de vida y saben que todos los días hay retos que asumir sin temor a equivocarse.

«La Iglesia expresa su agradecimiento por todas las manifestaciones del «genio» femenino aparecidas a lo largo de la historia, en medio de los pueblos y de las naciones; da gracias por todos los carismas que el Espíritu Santo otorga a las mujeres en la historia del Pueblo de Dios, por todas las victorias que debe a su fe, esperanza y caridad; manifiesta su gratitud por todos los frutos de santidad femenina.» san Juan Pablo II