Arquidiócesis de Xalapa

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Alégrense siempre en el Señor

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Pbro. José Rafael Luna Cortés

El tercer domingo de Adviento es conocido en la liturgia como Gaudete, por la antífona de entrada de la misa que está tomada de la carta de san Pablo a la comunidad de los Filipenses: Regocíjense en el Señor.(4,4). En los libros que forman la Biblia las palabras: alegría, alegrarse, alegre, aparecen frecuentemente en diversos pasajes.

Los textos de la Sagrada Escritura que nos hablan de la alegría, pueden ser clasificados en tres grupos:

1. Aquellos pasajes que se refieren a la alegría como el bienestar que una persona posee, es decir, la salud, la paz, la prosperidad económica, la buena fama.

2. También puede significar la actitud interna, como consolación, que se funda en la confianza y esperanza de la intervención de Dios en la vida de la persona. Por lo que aunque sometida a la tribulación la persona no pierde la alegría de la fe. Así lo podemos constatar en el libro de los Hechos de los Apóstoles 5, 40-41: Los apóstoles después de haber sido azotados, salieron del sanedrín contentos de haber sido considerados dignos de sufrir por Jesús.

3. Y un tercer sentido de la palabra “alegría” en la Biblia es la expresión festiva y jubilosa, que se manifiesta a través del canto y de la danza, especialmente en el culto a Dios, y en aquellas festividades que celebran la vida familiar, como es el caso del nacimiento de un hijo o en una boda.

San Pablo en su carta a los Filipenses nos dice con una certeza estén siempre alegres en el Señor (Flp 4,4). Esta es una invitación que golpea enérgicamente nuestra vida, porque se hace eco del deseo que todos experimentamos de una vida plena, una vida con sentido, una vida con alegría. Pero al mismo tiempo sabemos que no podemos estar alegres simplemente porque alguien nos lo diga. Todos vivimos las tensiones de la vida cotidiana salud y enfermedad, paz y preocupación. Son muchas las situaciones que parecen poner en duda esta invitación.

Sin embargo para nosotros los cristianos, la invitación a la alegría no es sólo a un estado de ánimo, aunque puede incluirlo, sino el reconocimiento de lo que Dios hace en cada uno de nosotros, como las palabras de la Santísima Virgen María: Alaba mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador…porque ha hecho en mi favor cosas grandes (Lc 1, 46.49). El profeta Isaías en la lectura que hoy nos propone la liturgia de la eucaristía lo dice de esta manera: El Señor me ha enviado anunciar una buena noticia a los de corazón quebrantado, a proclamar el perdón a los cautivos…lo cual provoca, en palabras del mismo profeta, un canto de alegría: me alegro en el Señor con toda mi alma y me lleno de júbilo en mi Dios… (61, 10).

La alegría del evangelio se experimenta, se conoce y se vive como resultado del encuentro con Jesucristo, que se lleva a cabo por medio del Evangelio, y que nos invita a una tarea: a pesar de la situación desgarrada del ser humano por el pecado, Dios nos ofrece, en su hijo Jesucristo, una palabra de esperanza. Nos dice san Pablo en la Carta que dirige a la comunidad cristiana de Tesalónica: quédense con lo bueno (5,21) de las muchas experiencias que podemos pasar día a día quedémoslo con lo bueno. Porque lo que realmente nos roba la alegría y nos sumerge en las sombras del dolor es la resignación de que las personas, las situaciones no pueden ser de otra manera, pero con esta forma de pensar corremos el riesgo de convertirnos en seres resentidos, sin vida. Ese no es el deseo de Dios para nosotros. La noche de Navidad escucharemos que los ángeles dicen a los pastores: les traemos una noticia que causará gran alegría. Y ante semejante anuncio los pastores se pusieron en camino hacia Belén.

Ponernos en actitud de camino para recuperar la alegría, si es que la hemos perdido, sólo es posible cuando no dejamos apagar la fuerza del Espíritu del Señor que también nos ha ungido y nos ha enviado para anunciar la buena nueva, aceptemos la invitación. Se trata del impulso y la pasión que nos lleva a ponernos al servicio de la vida promoviendo y potenciando el crecimiento de las estructuras que la expresan, me refiero desde luego a la familia, el trabajo o la comunidad de fe; esta fuerza despierta en nosotros la creatividad que se manifiesta dándole novedad a la vida; y hace que nos sintamos bien al salir de nosotros para ir al encuentro de los demás, promoviendo relaciones humanas sólidas, duraderas, en las que cada persona se siente valorada por lo que es y no por lo que sabe hacer. Hoy estamos invitados a llevar la alegría de la buena noticia de la presencia de Dios a quien lo necesite.