Arquidiócesis de Xalapa

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El diálogo roto del paraíso se reanuda en la Anunciación

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Pbro. Joaquín Dauzón Montero

Me complace mucho empezar esta reflexión pensando en algunos pensadores y comentaristas del texto de la Anunciación que lo relacionan con Génesis 2-3. ¿Qué dicen éstos? Parten del pecado original y ven en él el mismísimo deseo del hombre de separarse libremente de su Creador y encerrarse en un falso endiosamiento (quiere ser Dios) y termina en una angustiosa ruptura personal y social. Además pierde el diálogo con Dios, que lo lleva, tarde que temprano, a la muerte, al perder las prerrogativas de la gracia del paraíso del que fue expulsado.

En el texto de Lucas, los dos grandes protagonistas son: la Palabra (Dios mismo) y el hombre (María). Curioso, Eva hace a un lado el diálogo con Dios y dialoga con quien le promete ser por ella misma, mientras que María, la nueva Eva, deja que la gracia original del paraíso restablezca el diálogo del hombre (ella) con La Palabra (Dios) en la más profunda libertad. Me gusta que digan que se han unido los dos en una misma voluntad, un mismo deseo, en una unión profunda del cielo y la tierra, de lo divino y lo humano, en un “admirabilísimo consocio” en el que, en este tiempo, piensa la iglesia.

¡Qué grande es María, la mujer, la madre! Ella, pertenece al resto de Israel y, permítanme decir, es bendita, porque se sitúa por encima de todas las mujeres que siguen deseando al marido que las dominará, como lo dice el Génesis 3, 16, porque, María, será siempre la Inmaculada por beneplácito divino y así lo ha creído la Iglesia. Es bendita, también, porque la Palabra que crea, que transforma, que da seguridad, que sin violentar al creyente (María), induce a la aceptación gozosa de su voluntad divina que la hace exclamar: “Hágase en mi tu voluntad”, ¡Esta es una maravillosa verdad! Y, entre paréntesis, ¿Cómo no vamos a celebrar la Navidad? Desde lo más profundo de nuestro ser cristiano podemos abrirnos al más hermoso misterio de nuestra fe personal y comunitaria, porque desde el momento preciso de la anunciación, el Padre y María han quedado unidos para siempre en el Hijo encarnado y en un eterno diálogo salvador.

Y si esto es una realidad, ¿por qué no aspirar al diálogo ininterrumpido con Dios Creador, Salvador y Santificador, viviendo como lo que somos, consagrados por él desde el mismo momento de nuestro bautismo? Ese bautismo que se sigue ofertando, día tras día, para aquellos que se sienten atraídos por Jesucristo el Señor que se hace historia con nosotros. Desde casa, tal vez, gozosos, todos, cantaremos ¡Aleluya!