Arquidiócesis de Xalapa

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Juventud y vejez

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René Cesa Cantón 

Tú eres parte de mi vida, Señor, desde que tengo memoria de mi existencia. Me alegro y me enorgullezco de ello. Mi niñez, mi adolescencia y mi juventud han discurrido bajo la sombra de tus manos. Aprendí tu nombre de labios de mi madre. Te abrí mi corazón como no lo he abierto a nadie. Al repasar mi vida, veo que está llena de ti, Señor, en mi pensar y en mi actuar, en mis alegrías y en mis penas. He caminado siempre de tu mano por senderos de sombra y de luz, y ésa es, en la pequeñez de mi conciencia, la grandeza de mi ser. Gracias, Señor, por tu compañía constante a lo largo de mi vida.

Ahora los años se van quedando atrás y me pongo a pensar, aún sin quererlo, en los años que me quedan. La vida camina inexorablemente hacia su término, y mi mirada se fija en las nubes de la última cumbre que parecía tan lejana y ahora, de repente, se asoma cercana e inminente. La edad comienza a pesar, a hacerme sentir incómodo, a dibujar el molesto pensamiento de que los años que me quedan de vida son ya, probablemente, muy pocos. Apenas había salido de la inseguridad de mi juventud cuando me encuentro de bruces en la inseguridad de la vejez. Mis fuerzas ya no son las que eran antes, la memoria me falla, los pasos se me acortan sin sentir, y mis sentidos van perdiendo la agudeza de que antes me gloriaba. Pronto necesitaré la ayuda de otros, y sólo el pensar en eso me entristece. En la vejez vienen los problemas y dificultades. Uno se siente estéril. Los familiares y amigos que antes estaban cerca, casi sin darse cuenta, se retiran. Casi hago mías las palabras del Cardenal J. Newman: “Yo estoy en declive; ya no soy digno de confianza; soy un extraño, un bizarro; vivo en soledad y ya no puedo entenderme con los otros”.

Más aún que el debilitarse de los sentidos, siento el progresivo alargarse de la sombra de la soledad sobre mi alma. Amigos han muerto, presencias han cambiado, lazos se han roto, mentalidades han evolucionado, protesto contra la nueva generación, sabiendo muy bien que al hacerlo me coloco a mí mismo en la vieja. Me estoy haciendo suspicaz, no entiendo lo que otros dicen, ni siquiera oigo bien, y me refugio en un rincón cuando los demás hablan, y en el silencio cuando dicen cosas que no quiero entender. La soledad se va apoderando de mí como el espectro de la muerte se apodera, una a una, de las losas del cementerio. Las enfermedades se acumulan sin remedio. El peso del largo pasado. La vecindad de la última hora. Tonos grises del paisaje final. Me da miedo pensar que, de aquí en adelante, el camino no hará más que estrecharse y no volverá ya a ensancharse jamás. Tengo miedo a la enfermedad, a la invalidez, a mirar cara a cara a la muerte.

Pero me vuelvo a ti, Señor, que eres el único que puede ayudarme en mis temores y fortalecerme en mis achaques. No me rechaces ahora en mi vejez. Parece que fue ayer cuando iba a la escuela y jugaba con otros niños. En aquel entonces – repito - veía a la vejez muy lejana y, casi de repente, me sorprendió su cercanía. Las canas hace tiempo que cubren la cabeza, el paso es corto y vacilante; las manos tiemblan; va faltando la memoria; mis sentidos pierden agudeza. ¿Qué hacer?

Señor, en estos momentos te pido que no me rechaces. Si Tú me has protegido en la niñez y en la juventud, ¿cómo me vas a rechazar en la vejez, cuando más lo necesito? Además, Tú eres siempre joven, eres el único por el cual no pasan los años. Vives en una eterna juventud. Haz que mi alma se sienta joven a tu lado, cada vez más joven en la medida en que me voy acercando a ti. No doy mi vida por perdida ni por mal gastada. Todavía puedo ofrecerte el sacrificio vespertino, la ofrenda de la tarde, mi adoración y mi alabanza.

Tú, Señor, has presidido el primer acto de mi vida; preside también el último. Sostenme cuando otros me fallan. Acompáñame cuando otros me abandonan. Dame la gracia de envejecer con garbo, de amar la vida hasta el final, de sonreír hasta el último momento, de hacer sentir a los jóvenes que la vida es amiga y la edad benévola, que no hay nada que temer y sí mucho que esperar cuando Tú estás al lado y la vida del hombre descansa en tus manos. Por eso en la medida en que me acerco a Ti, vivo. Y en la medida que me separo de Ti, muero. “Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas; ahora, en la vejez y las canas, no me abandones Dios mío” (Salmo 71). Con tu amor has dirigido mi vida, con tu poder la llevarás a tu santa casa, pues como es la vida así será la muerte.