Arquidiócesis de Xalapa

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San José: un padre amado

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Pbro. Francisco Suárez González 

El Papa Francisco en su carta apostólica “Patris Corde” exalta la paternidad de San José diciendo: “Su paternidad se manifestó concretamente al haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio al misterio de la Encarnación y a la misión redentora que le está unida; al haber utilizado la autoridad legal, que le correspondía en la Sagrada Familia, para hacer de ella un don total de sí mismo, de su vida, de su trabajo; al haber convertido su vocación humana de amor doméstico en la oblación sobrehumana de sí mismo, de su corazón y de toda capacidad en el amor puesto al servicio del Mesías nacido en su casa”.

Estas palabras ponen de manifiesto que San José sea un padre amado, en primer lugar por el Señor y su familia y posteriormente por la Iglesia Universal. Y también nos llevan a pensar sobre la importancia de promover el verdadero amor en nuestras casas, para que precisamente el cariño se convierta en la base de las relaciones familiares: amor entre los padres, hacia los padres y hacia los hijos.

Existen casos de padres que no aman incondicionalmente a sus hijos. A veces, porque el embarazo fue “no deseado”. Otras veces porque el hijo, en alguna etapa de su desarrollo, causó “problemas” no previstos o no llenó las expectativas de sus padres. Otras veces, simplemente porque los padres estaban más dedicados a conseguir dinero para ofrecer muchas “cosas” a sus hijos, sin darse cuenta de que lo más importante para cualquier hijo (pequeño, adolescente, joven e incluso adulto) es el cariño y apoyo hecho presencia cercana y percibida cada día.

Las diversas formas de falta de amor por parte de los padres repercuten necesariamente en los hijos. No sólo en la configuración de su personalidad, sino también en falta de cariño y de aprecio de los hijos hacia los mismos padres, con consecuencias muy graves en la vida familiar.

El mejor camino para empezar a amar consiste precisamente en sentirse amado. Un hijo llega a valorar y amar profundamente a sus padres cuando no sólo es amado, sino, sobre todo, cuando se da cuenta de ese amor por parte de quienes le acogieron en el mundo de la vida. Por eso los padres están llamados a ofrecer cariño de calidad, a buscar maneras concretas para estar con los hijos de forma que éstos sientan que son muy amados. De este modo, en la mayoría de los casos los hijos empezarán a devolver amor ante el amor recibido, sentirán nacer en los propios corazones una gratitud espontánea y profunda que les lleve a apreciar a quienes les permitieron empezar a vivir y les protegieron y ayudaron de mil maneras en los primeros años de la infancia.