Arquidiócesis de Xalapa

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Es urgente participar

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Manuel Liaño Carrera 

En ocasiones los altos números y cifras de las tragedias nos adormecen. Mientras que la muerte de un ser cercano nos provoca un dolor muy grande, la pérdida de vidas a gran escala se puede convertir solo en una estadística. Algunos expertos hablan de que se genera un “entumecimiento psicológico”. Conforme aumentan las víctimas de una tragedia, nuestra empatía va disminuyendo, pues nos vamos “acostumbrando”. Es decir, que a medida que crecen los afectados, nuestros sentimientos no lo hacen, por lo que estamos menos dispuestos a actuar y nuestra compasión disminuye.

Ante desgracias tan profundas y que se prolongan durante mucho tiempo, la indolencia personal y colectiva es una tragedia aún mayor. Tristemente todos los días escuchamos o leemos de miles de muertos con motivo de la pandemia o la inseguridad, cientos de miles de empleos perdidos o familias que ingresan a la pobreza, por citar solo algunos de los males que estamos padeciendo. Lo dramático, lo real, es que detrás de cada número, se esconden personas y familias de carne y hueso. La realidad se agrava al darnos cuenta que simultáneamente en nuestro país padecemos el avance de la muerte, la desunión, la desesperanza, el autoritarismo y la destrucción de nuestros valores cristianos y de nuestra cultura mexicana.

No podemos acostumbrarnos ni resignarnos. No podemos ser ajenos a esta realidad. Vivimos un momento de urgencia nacional. México necesita la mejor versión de cada uno de nosotros.

Solo somos dueño de nuestro propio afán. No dependen de mí muchas cosas, pero si depende de qué manera decido invertir mi tiempo y trabajo. El importantísimo voluntariado en el campo eclesial no agota toda nuestra responsabilidad como católicos. Es impostergable involucrarnos en la búsqueda de soluciones a los graves problemas que enfrenta nuestra sociedad. A México no lo va a rescatar el gobierno. A México lo vamos a rescatar los ciudadanos en la medida en que despertemos, nos organicemos, nos unamos y comencemos a participar cívicamente.

Reconociendo la alegría y el dolor, la prosperidad y la adversidad, la salud y la enfermedad como parte de la naturaleza humana, desde una visión teológica, los católicos estamos llamados a vivir con la Esperanza que se fundamenta en Jesucristo y a trabajar por la Paz que nos trajo hace dos mil años. Recordando a San José, quien fue dócil al Espíritu Santo por encima de su razón y sus fuerzas, nos corresponde vivir cristianamente, es decir, vivir en acción y oración, que significa siempre actuar como si todo dependiera de nosotros, sabiendo que todo depende del Señor de la historia.