El misterio del dolor humano
Francisco Ontiveros Gutiérrez
Un Dios Bueno que nos quiere bien
Todo el ministerio de Jesucristo es una acción libertadora. Él ha venido al mundo a darnos vida, y ¡vida en abundancia! (Cfr. Jn 10,10). Ha querido mostrarnos las formas nuevas de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás. Así como la manera de entender nuestra relación con Dios, nuestro Padre. Ese Padre Bueno y Misericordioso que siempre nos espera oteando en la ventana, después de regresar cansados, frustrados, fracasados y pestilentes. Ese Padre derrochador que abraza, que recibe con una fiesta, que, incluso, mata para nosotros el becerro gordo (cfr. Lc 15, 20-24), con tal de convocar a la más fastuosa de las fiestas.
El misterio de la vulnerabilidad
Todos los mitos antiguos, las grandes obras de la Grecia clásica, tratan de dar respuesta al complejo misterio del mal, del dolor, del sufrimiento. El hombre es un enigma tremendo. Es un misterio que sólo se entiende con la mirada puesta en lo alto; en perspectiva de trascendencia. La experiencia, la historia, la literatura, el arte, la religión…, todos a una, parecen informarnos que el sufrimiento es profundamente humano, y es que, se puede decir que el hombre sufre cuando experimenta cualquier mal (SD 7). La muerte, el dolor, el sufrimiento cuando se nos plantan sin maquillaje, nos permiten comprender la grandeza de la vida.
¿Dónde estás Señor?
Dios se acerca al sufrimiento a lo largo de la Historia de nuestra Salvación. Dios que escucha el clamor de su pueblo y baja a liberarlo (Cfr. Ex 3, 7-10). Que viene en auxilio del pobre, del huérfano, de la viuda; que acompaña y nunca deja a nadie a su suerte. Jesús, la Palabra definitiva del Padre, enfatiza que, los pobres, los mansos, los que lloran, aquellos a quienes se ha tratado con injusticia, los perseguidos (Cfr, Mt 5,3-6), todos los descartados y más vulnerables ¡son felices!, pues ellos son los ciudadanos del Reino. Pero, si Dios es bueno y nos ama, ¿Por qué no destierra el sufrimiento?, por qué no acaba con él de un chasquido. Todos hacemos nuestro el reproche de Marta: “Señor si hubieras estado aquí esto no nos habría sucedido” (cfr. Jn 11, 21), cuando nos cuesta comprender que Dios es el Señor de la vida y de la historia.
Partícipes del plan de salvación
En el plan inicial de Dios el sufrimiento no tenía cabida, todo era abundancia y felicidad en el maravilloso paraíso que Él le concedió a nuestros primeros padres para su realización: podían comer de todos los árboles del jardín, excepto de uno. Y Dios, nuestro Padre, fue muy claro: ¡el día que comas de él, morirás sin remedio! Así pues, queda claro que el sufrimiento es secuela del pecado original (CatIC 1521). Pero, Dios nunca abandona a nadie a su suerte. El sufrimiento tiene un sentido cristiano, recibe una nueva connotación puesto que viene a ser participación en la obra salvífica de Jesús (cfr. CatIC 1521). Por eso es que los cristianos estamos llamados a ser la comunidad de la compasión y la misericordia, con la compasión de nuestro Padre (Cfr. Lc 6, 36). Somos la comunidad que, desde las propias heridas y sufrimientos, proclamamos la liberación, convirtiendo Él, nuestras heridas en fuente de curación.