Arquidiócesis de Xalapa

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Vencer la tentación es restablecer el orden perdido

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Pbro. Joaquín Dauzón Montero 

Con este domingo iniciamos la Cuaresma y, después de recibir la ceniza, signo de nuestra realidad perecedera, nos adentramos a considerar algunas cosas que nos servirán para convertirnos. Los textos de la Liturgia en este tiempo fuerte, tienen ese propósito. Ya sabemos que san Marcos no es muy dado a detenerse en ciertas cosas que los otros evangelistas detallan, pero nos dice lo esencial.

Hoy veremos a Jesús en el desierto. Nos dimos cuenta cómo Jesús va solo a buscar a Juan para bautizarse y cómo al hacerlo deja su red social y parentesco. Ahora, en el desierto, Jesús es un hombre vulnerable a todo ataque, a toda tentación, pero, también el desierto es un lugar, de encuentro don Dios. Sin hablar de los cuarenta años en que los israelitas cayeron en la tentación en el desierto y otros textos más, vemos a Jesús actuar como representante de toda la humanidad, porque su misión es, como nuevo Adán, vencer al diablo, para hacer posible el orden perdido y, con el orden restablecido, conseguir la paz original. A propósito, los animales y ángeles del texto significan eso, la nueva relación o diálogo entre el cielo y la tierra. Como vemos, Jesús no rehúye las pruebas ni el sufrimiento y así hace realidad la victoria de Dios sobre el enemigo, origen de todo desorden y opresión en el mundo. De ahí el programa de toda su vida, el plan que irá desarrollando paso a paso con su predicación y sus acciones.

No hay que esperar más, ya se cumplió el tiempo, ya llego la hora, el reino de Dios está cerca, ya lo tenemos entre nosotros, ya está a la mano, solo hace falta mirar y acercarnos. Claro que para eso debemos convertirnos y creer en su mensaje de salvación. Convertirse es aceptar a Dios tal cual nos lo presenta Jesús, no como nosotros quisiéramos que fuera, porque podemos equivocarnos y, además, aceptar sus planes, no los nuestros, tal como nos lo muestra su Hijo, que es quien lo conoce verdaderamente.

Convertirse es poner orden en todo lo que hemos desordenado en nuestra vida personal, en nuestra relación con nuestros semejantes, en nuestra relación con el mundo , nuestra casa común, y en nuestra relación con nuestro creador. Hemos trastocado muchas cosas, sacándolas de su finalidad original, porque eso pretende el maligno. Acordémonos que el diablo le pide a Jesús que convierta las piedras en pan, las piedras no están hechas para comer…