El sufrimiento redime
Pbro. Joaquín Dauzón Montero
Empiezo esta reflexión a partir del momento crucial de la pasión de Jesús. “¿Eres tú el Hijo de Dios?” Le pregunta el sumo pontífice a Jesús en el juicio. “Yo soy, le contesta, y verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios...” Jesús escoge el texto de Daniel 7,13 para asegurarles que no es un hijo como lo es un profeta, como es un santo o un justo, sino el Hijo único que es Dios con el Padre. Eso es lo que entiende el sumo sacerdote que se rasga las vestiduras y lo condena llamándolo blasfemo. (Recordemos que a ellos les había dicho la parábola de los viñadores asesinos).
Ese Hijo de Hombre, dice san Pablo a los filipenses, tomó la condición de “siervo” haciéndose uno con nosotros (Fil 2,7) y vive toda su vida, humilde y pobre, desde su encarnación. Siendo, pues, de condición divina se anonadó a sí mismo tomando la condición de siervo, de esclavo, vaciándose, sin dejar de ser Dios. Jesús deja su riqueza para enriquecer nuestra pobreza, asumiendo nuestra condición humana, menos en el pecado. Ese Hijo de Hombre no viene a triunfar y a imponerse, viene a sufrir y a ponerse en manos de sus enemigos a quienes ofrece su vida para rescatarlos. Algunos de sus discípulos, algo de esto pasa a los discípulos de Emaús, pudieron verlo como un perdedor: “Nosotros pensábamos que él sería el libertador de Israel... (Lc 24,21)”. Y no, no es un perdedor. Lo que Jesús ha hecho es una opción libre, aunque dolorosa, renunciando así a las propuestas de Satanás en el desierto que lo quisieron orillar a decidirse por una vida fácil, hedonista, la que el mismo Pedro le propuso y que le valió ser llamado: Satanás.
Jesús ama sin violentar nada ni a nadie. Nos ofrece, así, un camino de transformación pacífica, salvadora, invirtiendo la lógica humana y la espiral de la violencia. El gozo del reino que nos promete es inseparable del sufrimiento dándole, a este, valor de redención. Esto es lo que celebramos este domingo de exaltación: “¡Hosanna! ¡bendito el que viene en nombre del Señor!...” y de abajamiento: “... se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte y una muerte de cruz”. Contemplemos el inmenso e incomprensible amor de Dios y pidamos con humildad aceptar nuestra condición humana de sufrimiento, sabiendo que es el camino de nuestra redención en Jesucristo.