Arquidiócesis de Xalapa

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Naturaleza Sacramental del Presbítero

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Pbro. José Rafael Luna Cortés

Cada año, durante la misa crismal, los presbíteros tenemos la oportunidad de renovar las promesas sacerdotales delante de nuestro obispo y de la comunidad congregada para la celebración eucarística en la que también se bendice el óleo de los enfermos, el óleo de los catecúmenos y se consagra el santo crisma, significando de esta forma la comunión con el obispo y los demás sacerdotes del presbiterio, así como se tiene la oportunidad de renovar la autoconciencia de ser colaboradores del obispo para el servicio de nuestra Iglesia.

La consagración y misión que Cristo ha recibido del Padre, ha sido confiada de forma especial a los Apóstoles, a quienes constituyó testigos y fundamento de su obra de salvación, a su vez ellos encomendaron legítimamente el oficio de su ministerio a los Obispos, cuya función ministerial, en grado subordinado, fue encomendada a los presbíteros, para que constituidos en el orden del presbiterado, fuesen cooperadores del orden episcopal. Así, los presbíteros participan en el sacerdocio y en la misión, en razón de lo cual son hijos, amigos, ayuda e instrumentos del Obispo, llamados a servir al Pueblo de Dios en la responsabilidad de: Predicar el Evangelio, Apacentar a los fieles y Celebrar el culto divino.

Y como el mismo obispo, al que están unidos, es ante todo miembro del colegio Apostólico, se pone en evidencia que la cooperación con él y en razón de hacerlo presente en la comunidad al presbítero encomendada, dará a la actividad sacerdotal una dimensión eclesial y universal. Aún trabajando en un punto determinado de la diócesis, el presbítero está asociado a la obra común de la edificación del cuerpo místico de Cristo en la Iglesia universal. En cada una de las comunidades de fieles, los sacerdotes ministeriales representan al obispo, con quien están confiada y animosamente unidos, y toman sobre sí una parte de la carga y solicitud pastoral y la ejercitan en el diario trabajo. Bajo la autoridad del obispo, santifican y rigen la porción de la grey del Señor a ellos confiada, hacen visible en cada lugar a la Iglesia universal y prestan eficaz ayuda a la edificación del cuerpo total de Cristo. Todos los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos, por razón del Orden y del ministerio, están, pues, adscritos al Cuerpo episcopal y sirven al bien de toda la Iglesia según la vocación y la gracia de cada cual (cf. LG 28).

El ministerio que unifica a los sacerdotes es el ministerio del obispo. En quien los presbíteros están llamados a reverenciar la autoridad de Cristo, estando unidos a él con lazos de sincera obediencia y caridad (PO 7). La fraternidad sacerdotal y unidad del mismo presbiterio parte de dos principios básicos: la común ordenación sagrada y la común misión. “En virtud de la común ordenación sagrada y de la común misión, los presbíteros todos se unen entre sí en íntima fraternidad que deben manifestarse espontánea y gustosamente en la ayuda mutua, tanto espiritual como material, tanto pastoral como personal, en las reuniones, en la comunión de vida, de trabajo y de caridad” (LG 28).

Este es el sentido de la imposición de manos del presbiterio en la ordenación de un nuevo sacerdote. “Cada uno está unido con los otros miembros de este presbiterio con vínculos especiales de caridad apostólica, de ministerio y fraternidad: es lo que la liturgia expresa ya desde antiguo, cuando invita a los presbíteros asistentes a imponer sus manos sobre el nuevo elegido, junto con el obispo ordenante y cuando concelebran la Sagrada Eucaristía, con corazón unánime” (PO 8). De todo cuanto hemos dicho del ministerio del presbítero cabe una última consideración: “Esta presencia de Cristo en el ministro no debe ser entendida como si éste estuviese exento de todas las flaquezas humanas, del afán de poder, de errores, es decir, de pecado. No todos los actos del ministro son garantizados de la misma manera por la fuerza del Espíritu Santo. Mientras que en los sacramentos esta garantía está dada de modo que ni siquiera el pecado del ministro puede impedir el fruto de la gracia, existen muchos otros actos en los que la condición humana del ministro deja huellas que no son siempre el signo de la fidelidad al Evangelio y que pueden dañar, por consiguiente, a la fecundidad apostólica de la Iglesia” (Catecismo 1550).

Por eso en esta misma misa crismal el obispo invita a la comunidad a orar por sus sacerdotes de esta manera: …oren por sus sacerdotes; que el Señor derrame abundantemente sobre ellos dones celestiales, para que sean fieles ministros de Cristo, Sumo Sacerdote, y los conduzcan a ustedes hacia él, que es la fuente única de la salvación.