Lo que callan los maestros
Lila Ortega Trápaga
Bien es cierto que la educación a distancia impuso límites y récords de velocidad para desarrollar aptitudes que muchos papás desconocían, como el explicar y/o desarrollar un tema a un hijo. También puso de manifiesto que algunos niños y jóvenes, poseen capacidades autodidactas que les permiten, en solitariedad aprender y concentrarse mejor. Los maestros también se vieron forzados a acelerar sus capacidades de búsqueda y transmisión de clases bajo tiempo récord y abarcar, o al menos intentarlo, todo el plan de estudios.
Si bien no fue lo planeado, y en algunas escuelas, lo idóneo, se ha concluido prácticamente un ciclo completo, ya veremos al paso de los años, qué tanto afectó o benefició este desarrollo. Lo que sí vale mencionar, es el esfuerzo que algunos docentes hacen por seguir siendo refugio de los alumnos que atrás del monitor presentan angustia, ansiedad, miedo, o signos de violencia física o de cualquier índole. Algunos papás consideran gracioso irrumpir en clase con un chiste, burla o figura y poner en ridículo al hijo o hija se vuelve una anécdota para contar después en la mesa de los amigos.
También se observa, y se escucha desafortunadamente, los gritos en ocasiones, de las mamás o papás insultando a sus hijos por no hacer lo que les mandan, y aún cuando el hijo les dice que está en clase, no se detienen, magnificando así, la humillación que el niño, adolescente o joven puede sentir frente a sus compañeros y maestros. El otro extremo con el mismo resultado, se ve cuando la mamá o papá, ante la dinámica de música, activación o baile, se entromete creyendo que es un espacio de talentos y no una clase de sus hijos; no respetan el momento, y restan la seriedad a la clase.
Otro punto, es la gran cantidad de trabajos realizados por los papás, que, intentando mal copiar la letra de los niños, obtienen para ellos un 10 de calificación sin importar que este no aprenda nada, pero así evitan el llamado de atención, sin caer en la cuenta que los perjudican pues no les permiten hacerse responsables de sus obligaciones. Así podemos enumerar tantas historias como alumnos.
¿Qué hacer como cristianos? Lo primero es amar. Y amar como Él nos ama, dando la vida por nosotros, guiándonos pero dejándonos cometer errores y aprender de ellos. No hay otra manera. Respetando sus tiempos, exigiendo con caridad y recordando que si no se equivocan no aprenderán, y que un error es sólo eso, un error y que se cometerán muchos más. Lo más importante: no dejemos de pedir al Señor sabiduría para enseñar, y la inspiración del Espíritu Santo para ayudarles a crecer en edad y sabiduría.