Arquidiócesis de Xalapa

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Los carismas están ordenados a la edificación de la Iglesia

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Pbro. Francisco Suárez González 

Desde el inicio el Señor ha colmado a la Iglesia con los dones de su Espíritu, haciéndola así siempre viva y fecunda, con los dones del Espíritu Santo. Entre estos dones, se distinguen algunos que resultan particularmente preciosos para la edificación y el camino de la comunidad cristiana: se trata de los carismas.

En el lenguaje común, cuando se habla de “carisma” se entiende a menudo un talento, una habilidad natural. Se dice “esta persona tiene un especial carisma para enseñar”. Es un talento que tiene. Así, frente a una persona particularmente brillante y cautivante, se usa decir: “es una persona carismática”. ¿Qué significa? No sé, pero es carismática. Y así decimos. No sabemos que decimos pero decimos “es carismática”.

Pero, en la perspectiva cristiana, el carisma es mucho más que una cualidad personal, que una predisposición con la cual se puede estar dotados: el carisma es una gracia, un don prodigado por Dios Padre, a través la acción del Espíritu Santo. Y es un don que es dado a alguien no porque sea más bueno que los otros o porque se lo haya merecido: es un regalo que Dios le hace para que, con la misma gratuidad y el mismo amor, lo pueda poner al servicio de la entera comunidad, para el bien de todos.

Los carismas pueden ser muchos y muy distintos, aunque todos tienen el mismo origen. Como dice San Pablo: “Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo” (1 Cor 12,4). No existe un número determinado de ellos; surgen siempre en función de las necesidades del Pueblo de Dios. Por esta razón San Pablo ofrece diversas listas de carismas (Rm 12,6-8ss; 1 Cor 12,8-10.28-30).

El propósito de estos dones es seguir edificando la Iglesia, seguir propagando el Evangelio, para mantener viva la misión original de hacer presente la Buena Nueva y comunicarla a todos los hombres. Estos dones del Espíritu requieren de la generosa colaboración de quienes los reciben, de la disposición no solo de acogerlos sino de ponerlos en servicio de este propósito, de hacerlos fructificar. Extraordinarios o sencillos y humildes, los carismas son gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente una utilidad eclesial; los carismas están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo.

Finalmente, hay que recordar que los carismas en la Iglesia, entendidos como esos dones de Dios, siempre han tenido una intención y un propósito: manifestar el amor de Dios en el mundo, el amor misericordioso que Dios tiene a cada uno de los hombres. La Iglesia de Cristo es la expresión más real y cierta de que Dios nos ha amado, nos ama y nos amará eternamente. Dios quiere que todos los hombres encuentren la Salvación y los carismas son esos detalles bondadosos que tiene para manifestar esta realidad.