Arquidiócesis de Xalapa

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La vida del cristiano es una batalla contra el mal

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Celeste del Ángel 

Algunas definiciones indican que la maldad es el término que señala la ausencia de la bondad que debe tener un ente según su naturaleza o destino. De esta forma, el mal sería la característica de quien tiene una carencia, o de quien actúa fuera de un orden ético, convirtiéndose, en consecuencia, en alguien o algo malo.

El padre José Antonio Fortea en su libro Summa Daemoniaca lo define así: «El mal no es una fuerza impersonal, el mal es el pecado. El mal no es una especie de magma etéreo y oscuro, sino las malas acciones concretas y también, por supuesto, los seres personales que se han convertido ellos mismos en portadores del pecado».

El Papa Francisco durante el Ángelus en febrero de este año, meditaba sobre el texto del evangelio de San Marcos, que relata cómo el diablo quiso tentar a Jesús en el desierto, después de que el Señor había ayunado por 40 días.

El Tentador “aprovechando la fragilidad y las necesidades humanas, insinúa su voz engañosa, alternativa a la de Dios”. “El tentador seduce” señaló.

Todo el ministerio de Cristo es una lucha contra el Maligno en sus múltiples manifestaciones: curaciones de enfermedades, exorcismos de los endemoniados, perdón de los pecados. Es una lucha. Después de la primera fase en la que Jesús demuestra que habla y actúa con el poder de Dios, parece que el diablo prevalece cuando el Hijo de Dios es rechazado, abandonado y finalmente capturado y condenado a muerte. Pareciera que el vencedor es el diablo, pero verdaderamente la muerte era el último ‘desierto’ por atravesar para derrotar definitivamente a Satanás y liberarnos a todos de su poder.

Así también los seres humanos pasamos por distintos escenarios de desierto que representan tentadoras ofertas en las que, por nuestra debilidad, caemos en una falta a los mandamientos de Dios y nos va alejando cada vez más del bien.

Debemos ser conscientes de la presencia de este enemigo astuto, interesado en nuestra condena eterna, en nuestro fracaso, y prepararnos para defendernos de él y combatirlo”. Además “la gracia de Dios nos asegura, mediante la fe, la oración y la penitencia, la victoria sobre el enemigo.

Cuando se acerca el demonio, la tentación es hablar con él, como hizo Eva. Esto lo debemos evitar.

Cuando entremos en el ‘desierto’ de las tentaciones, debemos entrar con valentía, orando, meditando, con momentos de contemplación y silencio.

Al final, estamos convocados “a caminar por las sendas de Dios, renovando las promesas de nuestro bautismo: renunciar a Satanás, a todas sus obras y a todas sus seducciones”, indicó el Santo Padre.