Pbro. ElÃas R. Soto Córdoba
Cuando el excelentÃsimo señor Arzobispo me solicitó ser el juez instructor en el proceso diocesano de beatificación y canonización del siervo de Dios Juan Manuel MartÃn del Campo, a nivel personal pensé que el hecho de interrogar a los testigos que vivieron y trataron de cerca al padre Juan Manuel me ayudarÃa a convencerme de su santidad.
 Sin revelar cosas que no debo en razón del oficio ni querer ser una palabra definitiva -porque eso le corresponde al Santo Padre, puedo decir en conciencia que estoy plenamente convencido de que el padre MartÃn del Campo fue un sacerdote santo que ejerció el ministerio en la caridad pastoral a ejemplo de Jesús. Si me preguntan por qué el padre MartÃn del Campo fue santo, puedo mencionar algunos rasgos de su sacerdocio muy conocidos y no exhaustivos.
En primer lugar, menciono la humildad y sencillez con que vivió la voluntad de Dios y todo su sacerdocio. Humildad que lo llevaba a presentarse simplemente como el padre MartÃn del Campo, sin sentirse menos que los demás ni tampoco superior. Nunca presumió de nada y nunca se negó a ejercer el ministerio en favor de los demás. Fue sencillo hasta en su porte externo y nunca se vanaglorió que eran muchos los que lo preferÃan para confesarse.
Otra virtud que sobresale es su obediencia a Dios a través de las disposiciones especialmente del Obispo. Era llamado «el Apagafuegos», «el Bombero» o «el padre ComodÃn», porque cuando se suscitaba alguna situación difÃcil en alguna parroquia o habÃa que sustituir a algún sacerdote, el padre MartÃn nunca se negó a ir a donde se le enviaba arriesgando su integridad fÃsica.
De este modo, el padre Juan Manuel MartÃn del Campo es un ejemplo de obediencia, especialmente para nosotros los sacerdotes. Él iba a donde lo mandaba la obediencia. Bastaba que el Obispo o el Vicario General le pidiera un servicio y el respondÃa: «SÃ, señor» e iba, confiado en el poder de Dios.
El amor al prójimo, especialmente al pobre, enfermo y pecador fue otro de sus distintivos, y como sacerdote supo ayudarlos de mil formas. Ayudó a los pobres con su consuelo paternal y también materialmente. Si tenÃa con qué ayudar, ayudaba; si no tenÃa, buscaba quién podÃa ayudar. Asistió espiritualmente a los enfermos y administró el sacramento de la Unción de enfermos a cualquier hora. Y para los cancerosos el Señor le inspiró la fundación de AHTECA, cuyas siglas son bastante significativas: «Ayúdame, hermano, tengo cáncer». Se trata de una institución que comenzó como albergue y hoy brinda mucha ayuda, inclusive a los familiares de los enfermos de cáncer. A veces sin ser llamado, se hacÃa presente porque sabÃa que un enfermo necesitaba el auxilio de los sacramentos.
A los pecadores dedicó muchas, pero muchas horas en el confesionario, tanto que es llamado también «el padre del confesionario». Las visitas pastorales de monseñor Obeso contaron con la presencia del padre MartÃn, y eran filas enormes de fieles que se confesaban con él. ¡Hasta se le olvidaba comer! En el sacramento de la Reconciliación el padre MartÃn dio a experimentar la misericordia de Padre celestial.
Desde luego, celebraba la santÃsima EucaristÃa con mucha piedad y arrobamiento. El amor a la Virgen MarÃa por medio del Rosario y su profunda oración, inclusive por medio de la Liturgia de las Horas, son, de manera especial, los pilares de su espiritualidad sacerdotal.
Ojalá que pronto veamos al padre MartÃn del Campo en los altares.
Escuchenos en vivo a través de Xalapa Inmaculada Radio.



