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Crónica de la muerte de un santo

Pbro. Rafael González Hernández
Postulador diocesano

El siervo de Dios padre Juan Manuel Martín del Campo desde niño fue enfermizo, aunque sus padecimientos nunca pusieron en peligro su vida. Padeció una tuberculosis pulmonar cuando recientemente había sido ordenado sacerdote pero, con un tratamiento adecuado, logró la curación total y definitiva.

 

A lo largo de su vida, sus dolencias fueron muchas. Dios lo probaba mediante el sufrimiento físico y lo acrisolaba, para que tuviera fuerza espiritual, de manera que pudiera enfrentarse al maligno y vencerlo en nombre de Cristo el Señor.
Su aspecto fue el de un hombre fuerte, alto, lleno de vida; aunque la realidad era otra. Él aparentaba esto por virtud, porque bien sabía lo que sufría internamente a causa de ciertos dolores agudos en la región subhepática, provocados por una litiasis biliar. Ésta desapareció hasta que le extrajeron la vesícula, dado que se encontraba muy afectada.

También lo probó el Señor con los dolores propios de otra patología llamada litiasis renal, la cual le ocasionaba intensos dolores en la región lumbar. Ésta fue otra manera de ofrecer al Señor sus sufrimientos para la salvación y purificación de las almas, a las cuales atendía con esmerada dedicación desde el confesionario.

Finalmente, un cáncer prostático acabó con su vida física. Su salud se fue deteriorando rápidamente, sus sistemas se fueron colapsando y, luego de una intervención quirúrgica que le desencadenó metástasis a otros órganos, el Señor lo llamó para que durmiera «el sueño de la paz». El padre Martín estaba rodeado por Bertha, Yolanda y Socorro, quienes lo atendían y cuidaban como a un padre. Su hermano, el religioso josefino Fernando Martín del Campo, también estaba presente. Eran cerca de las dos de la mañana del día 13 de agosto de 1996, en un cuarto para enfermos del sanatorio San Francisco en Xalapa. Allí le administró el sacramento de la Unción de los enfermos, le dio la absolución, lo confortó con todos los auxilios espirituales y entregó su alma al Señor. Quienes lo rodeaban exclamaron: «Ha muerto un santo».

Sí, había muerto un santo, un hombre de Dios, un sacerdote santo y ejemplo para todos los sacerdotes, por su probidad de vida, por su amor Dios, a la Eucaristía y a la Virgen María, por su dedicación sin tregua al confesionario, siempre para escuchar y perdonar los pecados de los fieles y por su constante lucha para liberar a quienes se encontraban afectados por el maligno.

En su sepulcro hay una inscripción que dice:

«Juan Manuel Martín del Campo, sacerdote.
Nació el 14 de diciembre de 1917 y subió al Padre el 13 de agosto de 1996.
Por siempre estará en nuestros corazones.
‘Allá en el cielo una estrella, abrió sus puntas en cruz.
Tu dolor abrió una huella y en ella sembraste una luz.
Luz que al erguirse señera, el cruel invierno decrece
y una eterna primavera, siempre en tu alma florece’.
(Cango. Bernardo Villarreal V.)».

¡Oremos a Dios nuestro Señor, para que nos conceda pronto ver al padre Martín del Campo en el honor de los altares!

 


 

 

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