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De parte de Dios...San Gabriel Arcángel

Teófilo Aguilar

Entre los ángeles, Gabriel ocupa un puesto especial. Su nombre significa, según san Gregorio, «el fuerte de Dios». Cuando Dios desea manifestar su poder sobre el mundo, elige como su embajador a Gabriel, quien aparecerá en la historia sagrada tres veces.

 

 Primero revelará a Daniel el sentido del combate entre el carnero y el macho cabrío. Posteriormente le anunciará las setenta semanas decretadas por Dios para expiar la iniquidad, traer la justicia eterna y ungir al Santo de los santos (Dan 9, 24). Cuando ese plazo se cumple, Gabriel vuelve para anunciar a Zacarías que su mujer, Isabel, le dará un hijo, a quien pondrán por nombre Juan (Lc 1, 19).

Pero su visita más excelsa fue para realizar la más alta embajada de todos los siglos: la Anunciación de la encarnación del Verbo a la Virgen María: «Alégrate, el Señor está contigo». Se turba la Doncella, pero el ángel la serena: «No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Vas a quedar embarazada y darás a luz a un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús» (Lc 1 30-32).

María pregunta: «¿Cómo podré ser madre si no tengo relación con ningún hombre?». Gabriel le descorre el velo del misterio: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el Poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto tu hijo será Santo, y con razón lo llamarán Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, en su vejez ha quedado esperando un hijo, y la que no podía tener familia se encuentra ya en el sexto mes de embarazo, porque para Dios nada es imposible». María, rendida, humildemente acepta: «Yo soy a la esclava del Señor; que haga en mi lo que has dicho» (Lc 1, 26ss.). El ángel parte. La Redención ha comenzado. La misión de Gabriel, iniciada con Daniel, ha quedado soberanamente cumplida.
Que el mensaje de Gabriel nos abra los oídos del alma, como a la Virgen María, a la fe y esperanza en la promesa que se realizará gracias al sacrificio y redención del Verbo, encarnado en Ella. Que conmueva nuestro corazón de piedra y escuchemos el latir de ese corazón y esa palabra que rescatará al hombre para Dios.

¡Oh tú, arcángel san Gabriel, embajador de Dios, patrono de todos los mensajeros y misioneros, avívanos a ser incansables heraldos de la fe de María y de la insondable misericordia de Dios para con el hombre!

 

 

 

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