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El Obispo misionero

Yolteotl Martínez

San Rafael Guízar Valencia, al llegar a un pueblo a misionar, acostumbraba repartir tarjetas que decían: «Deseando con toda mi alma ver a usted y a su familia en el cielo cuando pase esta breve vida que disfrutamos en el mundo,

 he resuelto, de acuerdo con los superiores, dar una misión en este lugar que empezará el próximo día. Les invito a ustedes de la manera más atenta para que aprovechen este importante movimiento religioso en bien de sus almas, tomando en cuenta la imperiosa necesidad que tenemos de buscar el Reino de Dios. Rafael, Obispo de Veracruz».

San Rafael siempre fue misionero de corazón. Su trabajo sacerdotal estaba saturado de espíritu misionero. Deseaba que miles de personas descubriesen el amor de Dios, dejasen el pecado y comenzaran a vivir en el mundo de la misericordia. Desde joven misionó en Michoacán y en otros lugares de la República.

Incluso, ya obispo, no dejó nunca de ser misionero. Desde su consagración, empezó a recorrer localidades para organizar misiones permanentes. Convocaba repartiendo tarjetas, organizaba sermones, conferencias, visitas y especialmente confesiones. Misionó durante sus dos exilios entre refugiados en los Estados Unidos y en Guatemala, en Cuba y en Colombia.

Misionar significa ser enviado. El primero de todos lo fue Jesucristo, enviado del Padre. Todos los apóstoles fueron misioneros, obedeciendo el mandato divino: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva» (Mc 16, 15). Muchos murieron en misión en Egipto, Etiopia, etcétera. Pero toda la Iglesia es misionera. «La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Esta misión conjunta asocia desde ahora a los fieles de Cristo en su comunión con el Padre en el Espíritu Santo (…) La misión de la Iglesia no se añade a la de Cristo y del Espíritu Santo, sino que es su sacramento» (Catecismo de la Iglesia Católica 737 y 738).

 


 

 

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