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El amor secreto de San Rafael

Por Pbro. José Luis Alvarado Jácome

San Rafael Guízar Valencia a edad muy temprana perdió a su madre; doña Natividad murió cuando Rafaelito tenía apenas 9 años de edad, el 19 de marzo de 1887.

Los pocos recuerdos que le quedaron se agigantaron, pues la enseñanza de un gran servicio en el amor por los demás hicieron de Rafael un grande en la caridad cristiana. Acostumbrado a rezar en familia el santo Rosario, poco a poco fue creciendo en el pequeño Rafa, un amor hacia la Madre de Dios, amor que se volcó por completo al faltar doña Natividad; no se había quedado solo, estaba en buenas manos. 

Cuentan que poco tiempo después de entrar al Seminario se le vino la idea de que no era idóneo para la vida sacerdotal. Cierto día fue a visitar la imagen de nuestra Señora de San Juan, lo que pasó en ese momento quedó sólo en la intimidad de una madre con su hijo, desde aquél día jamás dudó sobre su vocación.
 
El singular amor a la Virgen María era una de sus características siendo seminarista. Sus compañeros le reconocían su afecto por el rezo del santo Rosario, por las celebraciones de las fiestas litúrgicas marianas y porque brotaban de su boca piropos excelsos que adornaban a la gran Señora: <<¡Madre mía!, ¡Madre querida!, ¡Amadísima madre!, ¡Luz de nuestros ojos!, ¡Aliento de nuestra esperanza!, ¡Vida de nuestro corazón!>>. Sin lugar a dudas, si nuestro Señor Jesucristo le había robado la vida, su santísima Madre le había robado su amor.

En las misiones que realizaba, era ella quien le llevaba a las almas a nuestro Señor. La esperanza del pecador hacía que los fieles se volcaran en las manos sacerdotales que absolvían los pecados de los penitentes. Don Rafael así exclamaba: <<Amadísimos hijos: yo estoy ansioso de que nuestra pequeñez se convierta en grandeza y prosperidad; y nuestra débil vida, se vigorice bajo el influjo del Sol divino que ilumina nuestra inteligencia y dirige por el camino del bien los actos de nuestra voluntad; y como María Santísima es la Madre de Dios y nos engendró, con sus acerbos dolores, cuando contemplaba a su Hijo divino clavado en la cruz, nos ama con un amor casi infinito, por lo que, si nos arrojamos en sus maternales brazos, ella nos unirá íntimamente con Dios Nuestro Señor, para que disfrutemos de los inmensos tesoros de la gracia divina. Es decir, somos cual nave que va perdida y combatida del aquilón pero ella nos lleva con rumbo cierto al feliz puerto de salvación, nos lleva a que podamos disfrutar de los inmensos tesoros de la gracia divina>>.

<<Me escandaliza que un párroco no acostumbre rezar diariamente con su pueblo el santo Rosario>> exclamaba en las misiones que realizaba. Justamente sería como un agravio contra la Madre de Dios.

La Virgen María, nunca fue central en su fe, sino que estaba merecidamente al lado de su Hijo, por lo que careciendo de una visita a la Morenita del Tepeyac, de manera oficial como Diócesis de Veracruz, san Rafael estableció dicha peregrinación que se caracterizaba por su gran asistencia, fervor y alegría, propia del pueblo veracruzano. Visitar y rendir honor a la Madre era visitar y rendir honor al Fruto de su vientre y don Rafael lo ofrecía al Padre por medio del Sacrificio Eucarístico en la Basílica. Su ferviente oración en los momentos de persecución en el territorio de la Diócesis florecía desde lo hondo de su alma: <<Madre amada, escucha nuestros lamentos; que se conmueva tu corazón de madre, al contemplarnos en este estado de desolación, ya que el corazón que palpita dentro de tu pecho es el origen del Corazón de Jesucristo que tanto ha amado a los hombres>>.

¿Quiere Ud. hacer presente en su casa a la Gran Madre de Dios? siga estos dos consejos de San Rafael: todos los días al despertar rece tres Avemarías y haga en su casa un pequeño altar con la imagen de la Santísima Virgen para que rece el Rosario la familia reunida.

 

 

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