Pbro. José Juan Sánchez Jácome
Nos estamos acostumbrando a una serie de cambios y transformaciones detrás de las cuales no reparamos en todo lo que está. Advertimos cambios frecuentes en la tecnologÃa, en la polÃtica, en la economÃa, en la cultura, en los procesos de socialización, etcétera.
Es una realidad que nos rebasa, pues cuando apenas estamos tratando de entender estos procesos vienen nuevas transformaciones y ése es uno de los componentes de nuestra vida en la actualidad. Algo asà se decÃa del Concilio Vaticano II que quiso entender la realidad que se vivÃa en ese momento pero, cuando quiso poner en práctica sus lineamientos, la realidad comenzaba a modificarse.
Ante las profundas transformaciones que experimenta nuestra sociedad, vamos cayendo en la cuenta, de manera paulatina, de que no estamos viviendo simplemente una época de cambios sino un verdadero cambio de época.
Lo que caracteriza a este cambio de época es el resquebrajamiento del modelo cultural vigente. Es decir, los valores que sustentaba el modelo cultural en el que crecimos son ahora cuestionados con diferentes argumentos y comienzan a presentarse valores y antivalores de naturaleza distinta.
Dentro de este contexto tenemos que ubicar el actual debate acerca del aborto y de temas importantes en la vida del ser humano. El cambio de época está imponiendo una nueva cultura y comienzan a ser cuestionados fuertemente los valores y los grandes puntos de referencia que se tenÃan.
En la nueva cultura, que está imponiendo el cambio de época, se tiene un concepto muy distinto e insólito acerca de la vida humana. En este modelo cultural, la vida humana es considerada como una apropiación: yo me apropio la vida y yo la determino, de tal manera que mi determinación es lo único que vale, lo único que cuenta. Quienes piensan asà no están dispuestos a dar cuenta a nadie de lo que hacen y llegan a expresar: «Es mi vida y yo sé lo que hago con ella» o «Es mi cuerpo y con mi cuerpo yo hago lo que quiero».
En la tradición cristiana la vida es vista como un don, un regalo que recibimos de Dios. La vida humana es sagrada precisamente porque la vida viene directamente de Dios. Soy responsable de ese don que he recibido amorosamente de parte de Dios y por eso debo respetar, promover y cuidar la vida propia y la de los demás, pero no soy dueño de la vida; la vida no me pertenece.
El impacto de la nueva cultura está provocando que se pierda el sentido de sacralidad y de intangibilidad de la vida humana. Por su parte, la pérdida de la conciencia del valor de la vida humana en cuanto tal lleva a la pérdida del amor y del respeto para cada ser humano. Algunos son amados y respetados, otros son considerados indignos de vivir o se piensa que es mejor para ellos que no vivan.
Delante de este panorama y de los desafÃos que vienen de la nueva cultura, también expresados en los ordenamientos jurÃdicos, hace falta defender decididamente la vida humana y favorecer y propagar la cultura de la vida fundamentada en la verdad del hombre.
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