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Inicio Bioética 1968 y los anticonceptivos
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1968 y los anticonceptivos

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

El 1968 es un año emblemático para la Iglesia, desde luego, por todo lo que significó el mayo francés, la primavera de Praga y todo lo relacionado con el movimiento estudiantil que tuvo también sus repercusiones importantes en nuestro país.

En 1968 la revolución sexual estaba alcanzando su punto culminante replanteando la visión del hombre, de la sexualidad y del matrimonio. Desde esta perspectiva el individuo reivindica no sólo su derecho al placer, sino también el derecho a situarse a sí mismo como último criterio de juicio, lo cual conduce a exaltar, de manera desmesurada, la subjetividad autónoma del hombre y su libertad.

A partir de este marco socio-cultural, el 25 de julio de 1968, el papa Pablo VI publicó un documento llamado Humanae vitae (HV), que trata “Sobre la regulación de la natalidad”. Con la promulgación de este documento, Pablo VI mostró su total libertad ante un giro histórico radical de mentalidad y cultura y, a través de sus palabras, la Iglesia no dudó en pronunciar un juicio moral decisivo en contra de los anticonceptivos y la instrumentalización de la sexualidad.

 Además de la gran libertad que mostró la encíclica, considerando las presiones de los movimientos culturales de los años sesenta, también se distinguió por su previsión de futuro al señalar las consecuencias que iban a desencadenarse de la extensión masiva de los métodos anticonceptivos. Pablo VI se refirió, principalmente, a cuatro problemas principales (HV 17):

 1) El uso generalizado de la anticoncepción llevaría a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad.

2) Por lo mismo, el hombre perdería el respeto a la mujer «sin preocuparse de su equilibrio físico o psicológico», hasta el punto de considerarla «como simple instrumento de goce egoísta y no como compañera, respetada y amada».

3) Además el uso generalizado de la anticoncepción pondría un arma peligrosa (...) en las manos de autoridades públicas despreocupadas de las exigencias morales.

4) La anticoncepción llevaría a los seres humanos a creer erróneamente que tienen un señorío ilimitado sobre su cuerpo.

A pesar de la ola de críticas que el Papa tuvo que enfrentar incluso desde los ambientes intraeclesiales, el tiempo le ha dado la razón. Pues sería muy difícil negar que el índice de abortos, divorcios, hogares desunidos, violencia sobre mujeres e hijos, enfermedades venéreas y nacimientos fuera del matrimonio ha aumentado muchísimo precisamente desde la mitad de la década de 1960.

Por otra parte, si la anticoncepción se presentaba como un medio para la liberación de la mujer, se ha comprobado que en realidad los beneficiarios de las píldoras y de los medios anticonceptivos serían los hombres.

A lo largo de estas décadas hemos visto cómo han sido aplicadas las políticas de control demográfico, condicionando las ayudas económicas a los países en vías de desarrollo siempre y cuando apliquen estas políticas a través de los anticonceptivos, de la práctica del aborto y de la esterilización.

Ya han transcurrido 40 años de la publicación de esta encíclica que, conforme ha pasado el tiempo, ha sido reconocida como profética, precisamente por la valentía con que Pablo VI abordó esta situación, a pesar de los diversos ataques y presiones a los que se vio expuesto y por las consecuencias que avizoró en caso de regirse por esta concepción antropológica según la cual el hombre es dueño sin condiciones de su propio cuerpo y de la realidad que le rodea.

Esta concepción instrumentaliza la sexualidad pues quiere hacer creer que se puede usar del cuerpo como instrumento de goce exclusivo, como si se tratase de una prótesis añadida al Yo.

La Humanae vitae proyecta una comprensión genuina de la paternidad y la maternidad responsables, lleva a una fecunda educación del amor, a la formación de la conciencia y, en casos en que medien justos motivos para espaciar los hijos o para buscar un tamaño de la familia de acuerdo con las posibilidades de asegurar una educación integral, ha mostrado el valor de una pedagogía del amor en los métodos naturales de la regulación de la fertilidad.

 Asimismo, brinda a los esposos la oportunidad de vivir un matrimonio más profundo y fecundo, apuesta por una nueva cultura de la familia, por una nueva vía de espiritualidad e impulsa la antropología cristiana para la que las relaciones del hombre respecto a sí mismo y a la creación estén regidas por la sumisión de toda su persona y actividades al Creador, a su mandato y a sus designios.

La intervención del Magisterio de la Iglesia sobre un tema tan importante y tan sensible por las presiones de la época se basó en una visión integral del ser humano, como se lee en el número 7 de la Humanae vitae: «El problema de la natalidad, como cualquier otro referente a la vida humana, hay que considerarlo, por encima de las perspectivas parciales de orden biológico o psicológico, demográfico o sociológico, a la luz de una visión integral del hombre y de su vocación, no sólo natural y terrena sino también sobrenatural y eterna…».

 

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